Complot mongol dos

Hagamos un poco de ficción. Si usted es el presidente de un país donde las ligas económicas e ideológicas con su vecino -que, a propósito, es una de las economías más grandes del mundo- son amplias y estrechas, ¿dónde buscaría usted cobijo y alianza? Si ese vecino se muestra interesado en usted de manera constante y le da asesoría y acceso a sus medios para celebrar sus logros y metas alcanzadas, ¿Qué esperaría a cambio?

¿Cuál sería la reacción de ese aliado si, de pronto, usted decide irse con un adversario? Seguramente, usted no la pasaría fácil, más aun si comete errores.

Ahora, traslade esto al escenario mexicano.

El gobierno de Enrique Peña Nieto comenzó no solo con un ciclo de reformas "de gran calado" en donde el pacto con las dirigencias de los partidos lo llevó a implementarlas pese a la oposición de amplios sectores sociales y económicos, sino que también contó con el visto bueno de su aliado económico primordial: los Estados Unidos.

Lógico, no solo es conveniente para la Unión Americana que la economía mexicana se abra por su conveniencia financiera, si el país tiene estabilidad económica, no tendrán problemas de seguridad nacional intensos como los que hoy no puede controlar el gobierno de Obama. De la misma forma, buena economía se traduce en buen negocio, buenas exportaciones a México y en dinero que se invierta con riesgos menores, aunque aquí "riesgos menores" ya es de cuestionarse.

El problema es cuando las reformas se concretan y los planes se abren a todos lados con lo que, en el horizonte, aparece alguien que intentará arrebatar la oportunidad.

China. Economía en expansión, con enorme poder político, los chinos se acercaron a Peña Nieto aunque, para ser honestos, pareciera que es al revés. Error de relaciones públicas y percepción. Si el tren a Querétaro tenía el ingrediente de la Casa Blanca para escandalizar por tráfico de influencias, el hecho que una empresa china estuviera en primera fila levantó suspicacia.

A eso, hay que agregar la urgencia de Peña de ir a Beiging aunque el país ardiera. Pareciera que la inversión primordial estaba en el lejano Oriente.

Si uno revisa, a partir de la cercanía china, la prensa americana dejó de ser imparcial u omisa al caso Iguala para alentar la crítica y el señalamiento, algo que se cuidó con enormidad en episodios anteriores de la tragedia mexicana del siglo XXI.

En política, las coincidencias no son fortuitas. Habríamos de preguntarnos si el error de cálculo del viaje a China no afectó también la delgada piel de gobierno e inversionistas norteamericanos en el peor momento posible para el gobierno mexicano.

Si así fuera, sería una torpeza más.