Cansancio

Enrique Peña Nieto debiera de ser el impulsor de un nuevo pacto social con los mexicanos. Si el presidente Peña anunciara, en cadena nacional, que el país necesita una reinvención luego de los sucesos de Ayotzinapa, nadie podría darle la espalda.

Si declarara que los pactos políticos han demostrado su ineficacia y que los dividendos de los mismos siempre quedan en esa frontera burocrática entre ricos y pobres que vive de la demagogia y las migajas que dan a las clases bajas mientras presionan y chantajean a las acomodadas, nadie podría darle la espalda.

Si invitara a pensar el país de forma distinta a los medios que, por delante a su línea editorial pensaran en la coincidencia de búsqueda de verdades, que otorgaran mayor peso al contenido editorial y contribución social que a los intereses comerciales, nadie podría darle la espalda.

Si reiterara que su compromiso es con la sociedad y que llamaba a movilizarla no para destruir instituciones sino para dotarlas de credibilidad y empatía, que la indignación y la impunidad debían dar paso a entusiasmo y justicia real para todos y no solo para el poderoso y adinerado, nadie podría darle la espalda.

Si la clase política, los líderes sindicales, los empresarios tramposos, los activistas de sillón, los políticos mezquinos que buscan el hueso y las influencias para sostener la plutocracia fueran denunciados y conminados por él para renunciar a sus particulares cuidados y vieran más por el bien común, nadie podría darle la espalda.

Si los servicios de inteligencia publicaran la lista de todos aquellos que han encubierto al crimen organizado por décadas, nadie podría darle la espalda.

Si respondiera de forma directa a los críticos, pero también señalara a los que atacan, no de forma honesta sino pagada por quien desea el poder por encima de todos, nadie podría darle la espalda.

Por desgracia, no es así. Ni de él ni de nadie. En lugar de eso, las respuestas son de enorme insensibilidad política. La peor época del sexenio se llena no solo de estampas alarmantes en las calles, sino de necias declaraciones que van del cansancio físico -real, pero torpe declaración en un momento donde el funcionario no puede cansarse más que los desesperados padres que buscan respuesta- a la opulencia justificada en capítulos de telenovela y materializada en una casa en la lujosa zona de Bosques, en Ciudad de México.

Y de eso no solo hay cansancio, sino hartazgo, ira, inconformidad, enojo, indignación, furia.

Gasolina perfecta para hacer arder algo más que puertas. Ahí está el verdadero riesgo.