Agua "Quinada"...

En la década de los ochenta la economía de Ciudad Madero, Tamaulipas floreció. Lo hizo bajo el mando de corrupción y férreo control de quien, hasta finales de dicha década, era una especie de padrino local e, incluso, de todos los trabajadores petroleros en el país: Joaquín Hernández Galicia.

Todos sabían dónde hacer fila cada mañana en esa población del norte del país; fila que podía durar horas e, incluso, a veces sin suerte para quienes realizaban una especie de procesión política en busca de favores convertidos en comisiones, ascensos, plazas y prebendas que La Quina otorgaba desde esa oficina accesoria que se encontraba a un lado de su casa.

El manto de omnipresencia de Hernández Galicia fue, también, su perdición. La mañana del 10 de enero del 89, el poder del líder petrolero tuvo el último encontronazo con el verdadero poder imperial de las presidencias del PRI. Su desgracia lo encontró en calzones a la entrada de esa visitada accesoria. Madero nunca volvió a ser lo mismo. Junto con la caída de  La Quina se dio la de sus cómplices -compañeros- en el sindicato petrolero, la del poderío como influencia política del sindicato -la misma que, decían, había apoyado a Cuauhtémoc Cárdenas por encima de Carlos Salinas en la elección del 88- y hasta de la demostración económica que el sindicato hacía hacia sus trabajadores en tiendas de raya, equipos de futbol e incluso en el nombre del sindicato que, con la detención de su líder sempiterno, perdió lo revolucionario.

Lo que no se perdió fue el dinero. Dinero que nunca llegó a los obreros y se quedó en la cúpula que, ahora, la presume en fotos de aviones y perros bañados en leche de burra comprada con facturas de barriles de mezcla mexicana.

El caso de Hernández Galicia pudiera tener su símil en muchos episodios más de la dolorosa justicia mexicana. Justicia y Gracia, diría Juárez. Justicia sucia, sería aquí. Audios de señoras que se disculpan por el léxico, pero no por la acción corruptora de presión y acoso a trabajadores. Autoridades que no explican cómo vuelan aviones con pasajeros y tripulación con identidades falsas. Partidos que negocian el futuro de la democracia con nombres usados e intereses oscuros a conveniencia de los mismos partidos. Dirigentes políticos que llaman a movilizaciones contra grandes sueldos de políticos, pero no aclaran costos de su tren de vida y de dónde sale la solvencia para el mismo. Y, a la mitad, la negociación en lo oscurito, el acuerdo opaco, la poca luz ante la apatía de una ciudadanía que, harta de una docena de decepción, a veces pretende apoyar la idea de que todo el tiempo pasado fue mejor.

En estos días, se supo de la muerte de un edil que, harto del pago a narcos, realizó una huelga de hambre fuera del senado. Nadie le hizo caso. Ahora, sospechan lo asesinaron porque apareció asfixiado.

Nadie cree en la muerte natural, a menos que la mentira se repita hasta la nausea.

Como los cargos que, aquella mañana del 89, le levantaron a La Quina.