Con singular alegría

La intransigencia

No tiene tolerancia ni tampoco inteligencia. Con su eterno peinado de nido de golondrina, ya muy mayor, en una sala de prensa y en medio de una veintena de reporteros –encargados de la fuente de presidencia–, se pone a discutir a grito pelado con el periodista Jorge Ramos. Con una imbecilidad fuera de todo contexto, con una falta de respeto infinito y con una prepotencia exacerbada, el hombrecito que odia a los indocumentados –y a los paisanos más que a nadie sobre la faz de la tierra–, se niega a contestar a quien lo cuestiona. Y no solo eso: con un solo guiño, da orden a sus guaruras (de dos metros de alto) de sacarlo a empujones. ¿Cuándo habían tratado así a Ramos, o algún director de noticias norteamericano? Nunca. Ahora, el periodista tendrá que cuidarse infinitamente más de los seguidores de este fanático hombre de las cavernas para que no le hagan nada.

Imagínese usted que si así es con los periodistas que tratan de transmiten su pensamiento, ¿cómo será si llega a la presidencia? Va a destruir no solo al país, sino a todos los que estemos cerca: desde México hasta la Patagonia. Y ahora a la derecha con los que lleguen de Cuba y alrededores. Qué miedo entonces le tendrán. ¿Qué quiere, pues? Lo terrible es que nadie lo para y que cada día tiene más seguidores en el centro de Norteamérica.

Y Donald Trump -que no tiene nada que ver con el orgulloso pato de Disney- con su actitud de intransigencia, está muy enojado con la vida. Y la reacción que tiene ante las preguntas para saber cómo 11 millones de extranjeros se irán de ese país, escalando un muro carcelario de 3 mil kilómetros de frontera, no tiene respuesta. Una muy mediocre: "yo tengo mejor corazón que usted", dice quien se afana por correrlos, mientras Ramos no entendía que era lo que estaba sucediendo. Como tampoco ninguno de los que estaban en ese lugar, ni en el resto del mundo, en donde se transmitió la noticia. Pobre Tump. Pobres nosotros con él. Dios nos agarre confesados. ¿Qué no existirán milagros?