Con singular alegría

Los abandonados

Último día del mes: Día del Niño. Y como usted, voy manejando mientras veo pasar la vida. Aparece en la esquina de sopetón y sin previo aviso un ser que con un mini triciclo se esfuerza por ganarse unos centavitos. Y como payaso remendón quiere hacer como que hace. Pienso: esto es la síntesis de la ruptura de todos los valores humanos. ¿Por qué? Porque a estos seres la maquinaria entera los tiene absolutamente olvidados; sin embargo, este payasito se ha posicionado en esa muy buena esquina de Las Torres y Heriberto Henriquez, lugar "dorado", como si fuera lo mejor que le hubiera pasado para poder conseguir, de cinco en cinco, el sustento para el pan diario.

Se llaman malabaristas, se llaman payasos, se llaman limpiavidrios; se llaman jóvenes que nunca han tenido la posibilidad de estudiar. Se llaman abandonados, se llaman desatendidos, renunciados, dejados de la mano de Dios. Y nosotros con nuestro desdén, simplemente ni los volteamos a ver. Pero son seres humanos como usted, como yo, que necesitan ser atendidos.

Todo esto que le cuento ocurrió hoy mismo, en un santiamén, a media cuadra de donde vive el gobernador más poderoso de este país: el del Estado de México. Sí, sigo hablando de este pobre hombrecito, con cara de necesidad, con oficio de arrepentimiento, con mendrugos que le echamos porque –para qué estamos ocupándonos de estos cochinos peladitos-- estos pobres seres a los que les tocó en vida ser los perdedores... ¿para qué?

¿Qué ya se nos olvidó Ayotzinapa? ¿Qué no tenemos ya alma para poder darnos cuenta de cómo nos pasa la vida? ¿De lo que hacemos bien, o mal? ¿O de lo que simplemente no hacemos? La vida tiene una varita con la que nos juzga. Y esto es a todos por igual.

Sigo el rumbo... pero cuál no sería mi sorpresa que en medio de la grande-grande avenida Las Torres veo a tres policías, de esos que cuando yo era joven me parecían los más terribles militares con botas aplastantes, y a los que siempre he tenido en mi alma y en mi conciencia como repudiados.

Uno de ellos ya traía al payasito enredado: a un hombre de un metro, de escasos cuarenta kilos, dándole de patadas, y deshaciéndolo en el piso. La gente, muerta de rabia, de indignación, de tristeza y de angustia gritaba: ¡déjenlo!

La palabra mágica surgió de repente: ¡soy periodista! ¿Y creerán que los tres miserables agarraron la camioneta enorme y se fueron? Hoy salvé una vida.