Con singular alegría

A Nohemí

Todo pasa, pero lo nuestro es trascender. Hacerlo a pesar de todas las trabas del mundo. Con los más grandes y difíciles obstáculos. Hacerlo bien, en forma, con sistema, cuidado, inteligentemente y con dignidad. Como todas mis compañeras periodistas que alguna vez fueron pequeñas, cuando las conocí hace ya veintiséis años. Las recuerdo trepadas en el camión inmisericorde de la Coordinación de Comunicación Social de este bendito Estado, siempre ejerciendo con dignidad el oficio de reporteras.

Las veo salir adelante con gran esfuerzo y valentía. Por supuesto que los hombres también. Sin embargo, hoy quiero hablar de estas mujeres valientes y esforzadas que no la han tenido fácil en la vida. Como mi querida Nohemí que acaba de partir a encontrarse con su creador. Me sigue doliendo en el alma. Nohemí: así, con "h" como ella se ponía. Nohemí Yañez Araiza. Una de las pocas directoras que existen en este momento en nuestro querido Estado de México. Ganado con esfuerzo. Con voluntad y anhelo.

No tengo que describir ni descubrirles quién es y seguirá siendo este personaje de feroz inteligencia. Cautelosa conmigo. Respetuosa de fondo y forma. Viva, amorosa con sus empleados, que más que eso eran sus hijos, sus acompañantes, su equipo que formó durante mucho tiempo. Kanaffany su grande apoyo. Los Maccise su familia desde siempre: sus protectores, sus jefes, amigos, confidentes, dueños de todo el tiempo que tenía para con su amado Capital Edomex, y Capital Toluca. Diarios que hizo hermosos, inteligentes, dignos. Espacios de los que se sentía sumamente orgullosa. Nacían diario y de nuevo, al día siguiente.

Nohemí fue maestra, organizadora, y puedo detallarles mil cosas buenas más. Sin embargo, su manera de contemplar la vida a través de su adorada Neysa, era algo muy singular. Nunca dejó a su hija por mayor o mejor que fuera un evento, un encuentro, una entrevista, una visita al ser más interesante del mundo. Ella era su vida. Era la transformación de su amor –el primero, el único—en una bella niña, adolescente, adulta... blanca, de ojos verdes, amada intensamente más allá de cualquier cuestionamiento. Más allá de su vida misma.

Me regaló muchos momentos lúcidos y dignos y su solidaridad a prueba de toda duda. Estuve con ella en su operación, en el hospital, y en el teléfono todos los días. Lo último que oí decirme fue "te quiero, amiga". Así como yo.