Sobre héroes y hazañas

El tiro de gracia del boxeo

Cuando la Cobra de Detroit Thomas Hearns enfrentó al recio boxeador moreno de labios prominentes Iran Barkley, el 6 de junio de 1988, sólo tenía dos derrotas. Hearns exponía el título mundial de los pesos medios. En el primer rollo vimos a un Hearns que hacía gala de su musculatura y fintaba con una soltura y espontaneidad magistrales. Barkley, nacido en el Bronx neoyorquino, se veía nervioso, inseguro. Sabemos bien, sin embargo, que en el boxeo la llave de un solo golpe puede abrir la puerta del triunfo. El segundo round fue muy parejo: Barkley retrocedía y lanzaba sus jabs de izquierda para mantener a distancia al aguerrido pugilista de Detroit “Hit Man” Hearns. En el tercer episodio Iran le perdió el respeto a su rival y salió decidido a conquistar la victoria. Transcurría ya la segunda parte del round cuando Barkley asestó fulminante derechazo al mentón de Hearns. La cobra sintió los efectos del golpe e inclinó su cuerpo hacia atrás, inicio del penoso descenso a la lona. Iran, atento y avispado, veía cómo se desplomaba Hearns y, entonces, infligió lo que aquí denomino el “tiro de gracia” del boxeo: dícese del golpe que se propina cuando ya el boxeador, indefenso, viaja hacia la lona y su victimario se ensaña con otro golpe para rematar la tarea. Wilfredo Gómez, el boricua del barrio de Las Monjas, era especialista en este tipo de furiosos remates a los contrincantes inermes. Ese mismo tiro de gracia aplicó Bobby Chacón al Bazooka Limón en su cuarto encuentro sin conseguir el nocaut. En la reyerta que nos ocupa fue terrible y angustiante ver cómo Iran Barkley, enemigo de la piedad, endilga otro lancetazo rabioso al rostro de Hearns. La cobra cayó de manera aparatosa. La mirada perdida y la boca abierta jalando aire con desesperación ingente. Esa pelea no debió seguir: claro ejemplo de que las malas decisiones pueden ocasionar (y ocasionan) desgracias. El desenlace fue tremendo. Iran Barkley apoyó su boxeo y su triunfo en un segundo tiro de gracia aún más espeluznante que el primero: enredado en las cuerdas, Hearns no podía caer. Allí lo pescó con frenesí demencial Barkley. Tristísima fue la imagen de un Tommy Hearns atorado entre la primera y segunda cuerdas sin poder levantarse: había sido víctima, en menos de medio minuto, de dos desalmados tiros de gracia. 


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