Sobre héroes y hazañas

El tapiz humano

El más grande de nuestros órganos es la piel humana. Numerosos anatomistas se han asomado al misterio de nuestra cutícula protectora que comprende tres partes:epidermis, dermis e hipodermis.

Ellos han segmentado la fisiología de la piel acorde con el tipo de células receptoras: presión (Paccini), calor (Ruffini), dolor (nocioceptivas), frío (Krause), Merkel (tacto superficial duro o blando), Meissner (tacto epicrítico, tacto no piloso: pene, clïtoris, palma de la mano, lengua de la mano, yema de los dedos, etc.)

Todos miraron la piel y la describieron con minucioso afán, con milimétrico empeño, pero olvidaron lo más medular: la piel es nuestro principal eslabón de diálogo con el entorno, esto es, con el mundo.

La piel ocuparía, si me permiten la pirueta analógica, el segundo escalón de abajo hacia arriba en la pirámide de Abraham Maslow: el manto protector que propicia seguridad y confianza. Va su grosor de párpados (5 mm) a talón (4 mm) y su dimensión comprende, en despliegue plano, 2 metros cuadrados.

La piel es, además, la depositaria del contacto y del ademán afectivos: primera y fundamental letra de la película amorosa, orbe de las caricias, hacedora sensible del deseo. El deseo menos la piel es inexistente.

Los músicos y los poetas, durante siglos y siglos, no olvidan cantar y escribir al milagro que entraña la piel humana. El poeta Francisco de Aldana le llamó el manto de la carne: manto frío, duro, blando, doloroso o caliente: manto sutil y, por vulnerable y atento, delator y vigilante de las averías o contratiempos que experimenta nuestro cuerpo.


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