Sobre héroes y hazañas

Un silencioso huésped

El primer asombro, sin duda, es tener una máquina casi silenciosa que camina, con atareado fervor, dentro del pecho. Invisible para casi todos los mortales, la máquina urde su casi silenciosa letanía de latidos sin tregua. Pocos, en verdad, son los mortales que han visto a ese animal moviéndose, con exasperante parsimonia, en la jaula del pecho. Más aún: pocos hombres han visto el reloj que danza su monótona melodía de pasmos en el pecho de los otros. Ni la propia certeza (que casi siempre nos avisa lo obvio) de lo sentidos ni  el testimonio de una imagen interna o arquetípica nos han revelado los contornos del órgano. Para saber que existe, basta con que pose mi mano derecha allí donde mana la callada fuente de sobresaltos. Así sabré que, en efecto, aquel animal respira. De su presencia sólo tenemos noticia –la fe entra por el oído- gracias a su bisbiseo misterioso.La heráldica del órgano sonoro, primer instrumento músico de la orquesta humana, es indiscutible y comprende, además de un río misterioso de poemas que lo nombran como si lo hubiesen visto alguna vez, la simbología de esa extraña enfermedad que cura la soledad y que se nos mete en el cuerpo sin sentirlo. Cada quien carga el suyo. No conozco mortal que haya decidido escuchar la cadena de  sus palpitaciones durante más de una hora. Le rehuimos a la cajita que suena, a la sonajita insomne, porque el testimonio más cercano y preciso de la vida es, a un tiempo, la más elocuente certidumbre de la muerte que se nos metió en los huesos el primer día del mundo (que será siempre el día que nacimos). Cardenal en el colegio de los órganos humanos, lleva su mitra puesta y ha dado origen a fórmulas de cortesía exangües, como la palabra cordial, o, por contigüidad sonora, a palabras de sólida estructura, como la voz coraza. Sé que moriré sin verlo. Sé, también, que mi lector habrá de morir sin conocer la más íntima voz que le ha heredado, en su cuerpo, la voluntad del mundo. 


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