Sobre héroes y hazañas

El portentoso Goycochea

Si hacemos un recorrido mental para recordar a los principales arqueros en las gestas mundialistas advertiremos algunos inolvidables nombres: Dino Zoff, Lev Yashin la areña negra (aunque sus actuaciones no fueron lo descollante que quisiéramos: pensamos en que fue el portero que recibió el único gol olímpico en mundiales: contra Colombia le anotó Marcos Tulio Coll), Ricardo Zamora, Gordon Banks o Ladislao Mazurkiewikz, pero nadie, nunca, nadie, como el gran vasco Goyco, sí, Sergio Goycochea y su impresionante actuación en el mundial de Italia (1990). Argentina llegó a cuartos y enfrentaba a Yugoslavia. Como en la narrativa de la historia de Raymond Quenau las versiones de lo que ocurrió en esa memorable tanda son disímbolas. Recordemos las 99 versiones de una misma historia de Quenau. Cuenta Sergio Goycochea que tras haber fallado el dios Diego Armando Maradona él se le acercó y le dijo al 10 argentino tan seguro como confiado: “Tranquilo, Monstruo, voy a parar los dos siguientes”. Y así sucedió.
Cuenta el bilardista Pedro Troglio que cuando Goyco paró el primero (Troglio también había fallado ante Yugoslavia) se tranquilizó pero todavía se sentía culpable, con esa culpa enorme de quien falla un penal en certámenes de alto relieve. Y aquí pienso en el zapatazo de Baggio contra Brasil en 1994, en Estados Unidos. Cuando Pedro Troglio vio cómo Goyco atajaba el segundo frente a los yugos dijo para su coleto, para sí mismo “carajo, te debo un montón”. Argentina avanzó hacia semifinales y se mediría, palmo a palmo, contra la poderosa escuadra italiana que era local y que, además, ostentaba la revelación de aquella copa, al Salvatore di nostra patria: el Totó Schilaci. Fue justo el goleador que había respondido con creces al director Azeglio Vicini quien adelantó a los azurri. Y luego el gran Claudio Caniggia empataría el marcador para forzar, una vez más, a penales. En la tanda falló Roberto Donadoni y también erró Aldo Serena. Este jugador diría, años después, que no quería lanzar el penal pero que Vicini, al no tener más opciones, le suplicó que cobrara. Y una vez más el héroe fue Sergio Goycochea. La final, contra Alemania, se resolvió cuando Andreas Brehme, con el número tres en el dorsal, lanzó un derechazo que casi roza Goyco con su mano diestra. Una decisión polémica de Edgardo Codesal frustró la posibilidad gloriosa de los argentinos. En el vestidor, solitario, Sergio Goycochea lloraba al saber que  estuvieron a milímetros de ganar la copa, pero el mundo jamás olvidaría al fenómeno atajador de penales, el inmenso Sergio Goycochea que había viajado a Italia como suplente y que, tras la lesión de Nery  Pumpido en la fase de grupos, pudo fraguar la proeza imperecedera. Era Goyco el inmortal, nadie menos.

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