Sobre héroes y hazañas

El poeta murió al amanecer

Hace muchos años leí una semblanza del poeta suicida de Bogotá José Asunción Silva. El autor del acercamiento era el poeta y periodista argentino Raúl González Tuñón quien perteneció al grupo llamado Florida, en contraposición del grupo apodado Boedo. González Tuñón falleció en Buenos Aires el 14 de agosto de 1974. Había legado a la literatura hispanoamericana libros entrañables como La calle del agujero en la media, La rosa blindada o A la sombra de los barrios amados.

Del conjunto de su poesía, intensa y dolorosa, me he permitido descabalgar, para compartir con ustedes, esta hermosa pieza lírica: El poeta murió al amanecer, porque siempre que muere un poeta la belleza pierde luminosidad y esplendor:

 

Sin un céntimo, solo, tal como vino al mundo,  

murió al fin en la plaza frente a la inquieta feria.             

Velaron el cadáver del dulce vagabundo            

dos musas: la esperanza y la miseria.    

Fue un poeta completo de su vida y su obra,    

escribió versos casi celestes, casi mágicos,         

de invención verdadera              

y como hombre de su tiempo que era 

también ardientes cantos y poemas civiles        

de esquinas y banderas.             

 

Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.             

Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.              

Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,   

los parroquianos del Café,         

los artistas del circo ambulante,              

unos cuantos obreros, 

un antiguo editor,          

una hermosa mujer      

y mañana, mañana,      

florecerá la tierra que caiga sobre él.    

 

Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,  

un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,      

un Schiller, un Bertrand, un Becquer, un Machado,       

versos de un ser querido que se fue antes que él,        

muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta               

y una antigua fragata dentro de una botella.    

Los que le vieron dicen que murió como un niño.          

Para él fue la muerte como el último asombro:               

tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,        

y un pájaro en el hombro.



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