Sobre héroes y hazañas

El mundo como posada

Entre la numerosa colección de emblemas publicados en el siglo XVI en España, tras el deslumbramiento significado por el Emblemata liber de Andreas Alciato, me retiene uno, de Juan de Horozco y Covarrubias,  que descubrí por primera vez en el libro canónico de Fernando R. de la Flor Emblemas, lecturas de la imagen simbólica: “La vida como tránsito, el mundo como posada”. El texto dice después del maquillaje de la escritura nuestra: “Habiendo sido el mundo fabricado, para servir al hombre como hechura del que a su semejanza le ha creado, pasar trabajo en él es cosa dura: mas ha de sufrir porque es esforzado buscar en otra vida la ventura, nos dio naturaleza aquí posada, y puso en otra vida la morada”.
En el pórtico de la posada que es el mundo –casa de orates hermanados, como lo motejó Gracián- advertimos, pendiente de una viga o travesaño, una calavera. Es evidente que la intención suasoria del emblema de Horozco, publicado en Segovia en 1589, se ciñe a los preceptos y a las fórmulas cristianos. Por ejemplo, cuando en el texto dice que “puso en otra vida la morada”, presupone que quien lee el emblema en el despliegue de sus dos alas, como género anfibio –icónico y textual-, cree en otra vida. Mas incluso si prescindiésemos del carácter religioso que el autor le ha adscrito a su texto, poco reparamos, durante el breve y efímero tránsito de nuestros días, en la certeza de la vida como tránsito –y por eso queremos cosas para siempre- y en la imagen estremecedora del mundo como posada –y por eso buscamos, dentro del mundo, la conquista de posadas más reducidas, menos duraderas y más gravosas.
El texto del emblema distingue, y muy bien, entre posada y morada. El diccionario nos dice que morada es “estancia de asiento o residencia algo continuada en un lugar”; mientras que posada es definida como “lugar donde por precio se hospedan o albergan personas, en especial arrieros, viajantes, campesinos, etc. En el emblema de Horozco la posada es para los viajeros que por el mundo caminan, y el precio que hay que pagar es el sufrimiento que implica pasar trabajo.
Al margen de las interpretaciones ceñidas al afán catequizador de quien forma, junto a Juan de Borja y Hernando de Soto, la gran triada de emblemistas españoles del siglo XVI, la calavera que preside la posada del mundo es una imagen que no duerme en mi memoria. No me parece estéril recordar, en cada una de las etapas que testimonian nuestra presencia en el mundo, que la posada final siempre está presidida por una calavera, metonimia de nuestra propia muerte y que, como quería Montaigne, el aprendizaje del morir es el primero y más alto de cuantos el hombre aspira.


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