Sobre héroes y hazañas

El llanto de Henrik Sjögren

El 17 de septiembre de 1986 supimos pormenores del incendió de una mina de oro en Kinross, Sudáfrica, a cien kilómetros de Johanesburgo. Murieron más de cuarenta personas y más de 150 quedaron sepultadas. Ese mismo día conocimos el resultado de una intensa y disputada partida entre dos de los más grandes ajedrecistas de todos los tiempos: Anatoly Karpov y Garry Kasparov. Ese mismo día, en Lund, Suecia, apodada la ciudad de las ideas, el oftalmólogo Henrik Samuel Conrad Sjögren (se pronuncia Chogren) vertía su última lágrima para iniciar el sueño eterno. Aquí me detengo.
 Henrik Sjögren había descrito, en su tesis doctoral, el síndrome que hasta hoy lleva su nombre: conjunto de signos y síntomas que tiene que ver con el sistema autoinmune y donde células plasmáticas y linfocitos, de manera inopinada, arremeten contra las glándulas encargadas de la lubricación (secreción externa, saliva o sudor, por ejemplo) en ciertas partes del cuerpo: boca, nariz, ojos y vagina, también alteran el tapiz humano, esto es,  la piel. Mientras  Henrik Sjögren lloraba por última vez la tenista Martina Navratilova encaraba un juicio por haber agredido a un fotógrafo y en algún punto del planeta, en la ciudad de México, Gloria Mendoza hacía esfuerzos denodados e inútiles por llorar ante el cadáver de su madre. Padecía el síndrome de Sjögren (SS) caracterizado por una múltiple resequedad evidente en palabras cuya raíz es el prefijo xero (seco): xeroftalmia o xeroftalmía, según aprueba el diccionario de María Moliner, o xerotomía (boca seca), entre otras afecciones relacionadas con un síndrome que, como ocurre con la histeria respecto de la paranoia, es predominante en mujeres (nueve de cada diez pacientes y, asimismo, ocurre por lo general a personas que rebasan los cuarenta años).
La envidia, como bien avisa Quevedo, no tiene asco. De modo que no fue fácil dar crédito a Sjögren como primer descriptor del síndrome de la orfandad lubricante, pero la justicia médica sobrevino y al cabo de los años el experto oftalmólogo, también avezado conocedor de las disfunciones de la córnea, fue reconocido. No sabemos si San Agustín padeció el síndrome (SS), pero cuentan que tuvo problemas para llorar ante el cuerpo inerte de Santa Mónica.
Es curioso que las miríadas de linfocitos embistan contra las glándulas lubricantes. Lo cierto es que el día que murió Sjögren, el 17 de septiembre de 1986, una lluvia casi diluvial impactó la iglesia de Dalby, erigida en el siglo XI, una de las más antiguas de Escandinavia: el cielo rindió tributo al oftalmólogo Sjögren, descubridor de la enfermedad enemiga del llanto, presente en múltiples oquedades de la geografía humana y, como ya dijimos, donde el reino de la sequedad es imperioso.


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