Sobre héroes y hazañas

La linterna de Bertran de Born

Tres son los cantos del Infierno de la Divina Comedia que me fascinan: el quinto, el décimo y el vigésimo octavo. El quinto narra la malhadada historia de Francesca de Rímini y Paolo Malatesta.

Aparecen en el rubro de los lujuriosos. Ellos inician las hostilidades eróticas a partir de la lectura de Lancelot del Lago. Y son sorprendidos por el esposo de Francesca –hermano mayor de Paolo- quien los asesina inmisericorde. En el décimo canto aparece el experimentado gibelino Farinata degli Uberti, quien interrumpe la preocupación del padre de Guido Cavalcanti. 

Es estrujante el vigésimo octavo canto: la figura central es el trovador e intrigante (discordiador) Bertran de Born, un hombre que cantó al placer de la guerra. Bertran sembró cizaña entre Enrique II, rey de Inglaterra, y su hijo mayor.

El escarmiento es ejemplar: a la separación de padre e hijo corresponde la separación de la cabeza y el cuerpo del trovador.

La cabeza funge como linterna en el infierno para Bertran. Antaño generó las tinieblas en la relación luminosa de los Enriques.

Ahora dimana su luz en el reino de las tinieblas. Aleccionadora relación simétrica e inversa.

Si la cabeza ha sido habilitada como linterna, ¿quién puede guiar a rumbo seguro a un hombre sin testa?

Esta es la gran ironía del trovador condenado: una linterna que emite luz; una luz que no tiene guía. La cabeza luminosa de Bertran brilla en la otra orilla de la gracia iluminante de Lucía de Siracusa, cuyos fúlgidos ojos abren camino a la cabeza de una santa.


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