Sobre héroes y hazañas

La increíble pifia de Blair Walsh

El juego de comodín entre los Vikingos de Minnesota y los Halcones marinos de Seattle pasará a la historia por haber constituido una de las más dramáticas y dolorosas decepciones para los aficionados de los Vikingos. Y es que en el trayecto del partido con gran tino y paciencia Blair Walsh se había ido calzando el traje de héroe al anotar los nueve puntos de Minnesota con tres goles de campo.

El jovencito de 26 años parecía dueño de la circunstancia e, incluso, cuando el sujetador (holder) Jeff Locke no giró el ovoide y las costuras quedaron de frente a Walsh el pateador con asombroso aplomó anotó el gol. Los Vikingos estaban dando su mejor partido. Habían logrado detener a Russel Wilson durante los tres primeros cuartos de la contienda.

En contraste la estrella del equipo, Adrian Peterson, había aportado poco a la ofensiva terrestre e, incluso, soltó un balón que significó puntos para los de Seattle quienes, con fortuna y gracias a una jugada riñonuda de su mariscal de campo, le dieron la vuelta al partido y colocaron el marcador 10 a 9. Faltaban sólo veintitantos segundos para que el juego finalizara y tocaba el turno, una vez más, a Blair Walsh.

La distancia era de 27 yardas. En el transcurso de la temporada Walsh había demostrado ser uno de los mejores pateadores de la NFL y, además, con condiciones ambientales adversas (en un juego de gelidez extrema) había convertido goles de campo de 42 y 47 yardas en el tercer cuarto. Se trataba, entonces, de una jugada de mero trámite.

Por eso la celebración en Minnesota era inminente. Se podía apreciar el júbilo inusitado de unos Vikingos que por fin doblegarían a los Campeones de la Conferencia Nacional.

Pero la adversidad se emperró contra el jovencito Walsh: con las costuras del ovoide de frente el jugador impactó la peor patada de su carrera y, sin duda, la más desconsoladora en la historia reciente de los Vikingos: una patada que se desvío sensiblemente de la zona de anotación. Una inexplicable pifia.

Blair Walsh, tras asumir la entera responsabilidad en la derrota de su equipo se sentó abrumado por el peso de una historia que, en escasos segundos, lo convirtió de héroe en el más aborrecido villano. Walsh lloró de manera interminable sobre su brazo al tiempo que mascullaba: "La culpa es mía, la culpa es mía".

Que el destino le brinde la oportunidad de redimirse. 


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