Sobre héroes y hazañas

Los hot dogs delatores de Gates Brown

Los hot dogs tienen lugar de privilegio en la historia del deporte: Tony Galento, Vassili Aleixev o Gates Brown. En el caso del bateador de los Tigres de Detroit (una fidelidad bovina a este equipo: de 1963 a 1975) los hot dogs alcanzaron alturas cómicas insospechadas. Aún recuerdo cuando Jorge Sony Alarcón decía del grandulón William James Gates Brown que: “agita su escopeta como si fuera un cepillo de dientes”.

Brown era corpulento, gigantón, pero nunca fue un bateador de gran poder. Su promedio general se ancló en 257 y su marca de vuelacercas no bordeó ni siquiera la centena. Su nombre, sin embargo, ha sobrevolado los años gracias a dos anécdotas: su participación en la escuadra que conquistó el campeonato en 1968.

Los milagrosos Tigres de Mickey Lolich, Jim Northrup o Denis McLain. Y, sobre todo, por haber sido el protagonista de una divertida peripecia que aún perdura en la memoria de quienes presenciaron aquel juego del siete de agosto de 1968.

Brown se las ingenió para adquirir un par de sazonados hot dogs. Mayo Smith, el mánager de los Tigres, ordenó de manera inesperada que Brown jugara como bateador emergente. El azoro de Brown fue mayúsculo. Tenía que deshacerse rápido de la evidencia. No quería que su jefe advirtiera el desacato de comer durante el juego de pelota. Entonces se le ocurrió esconder los hot dogs en las bolsas de su chamarra.

Pensó: si pegó de hit tengo que correr con los hot dogs en las bolsas a buen resguardo. Si me ponchan regreso tranquilo a mi lugar en la banca felina. Un lanzamiento franco hizo que Gates Brown impactara sólido una pelota que cruzó encima del primera base y siguió su destino entre dos jardineros. Brown se animó a correr hasta la segunda colchoneta. Allí llegó a salvo, pero sorprendido al máximo: los hot dogs se habían agitado de tal suerte que ahora el carabinero se encontraba embijado: mostaza, salsa de tomate y más.

Fue jocoso observar cómo el moreno intentaba sin éxito limpiar su uniforme. Los jardineros se acercaron y, al ver a Brown salpicado de hot dogs, la risa fue unánime.

Brown se sentía avergonzado. Le preocupaba saber la reacción de su jefe. Cuando terminó la entrada Gates Brown se dirigió con pasos culposos hacia la casa de los Tigres. Mayo Smith le espetó furioso: “¿A quién diablos se le ocurre comer hot dogs en pleno juego?” Brown respondió nervioso: “Estaba hambriento. Además, ¿dónde se puede saborear mejor un hot dog que en el mejor asiento de la casa?” Smith sonrió desarmado.

Brown pagaría cien dólares por desobedecer a su mentor. Numerosas veces Gates Brown se deslizaba cauteloso con sus hot dogs furtivos. Era la primera vez que tuvo que esconderlos. Y los delatores hot dogs le ensuciaron el juego.


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