Sobre héroes y hazañas

El heroísmo de la gratitud

Es cierto, como advirtió Baltasar Gracián en su novela-museo El Criticón que "Con los años vienen los desengaños". También es cierto que la gratitud es más rara que un perro verde y que conforme avanzan los años los ingratos multiplican sus huestes de manera exponencial. Recuerdo que en Madrid me dijeron: "Si los hijos de puta volaran no se vería el cielo en España".

Ilustraré con varias frases y, al final, con un hecho de ingratitud mayúscula, inexplicable, este tema tan relevante como vigente.

En la cantina La Guadalupana de la Ciudad de México, en 1993, refiriéndose e un adversario suyo Eduardo Galeano me dijo "No sé porque es mi enemigo, si no le he hecho ningún favor". Frase que corre pareja desde la perspectiva semántica con "Hacerle un bien al ingrato es lo mismo que ofenderle", sentencia que solía repetir mi madre.

En la otra orilla tenemos la fila de los descastados, esto es, la ringla de los malagradecidos que suelen esgrimir como adarga o defensa: "Los favores, como las medicinas, tienen fecha de caducidad".

La gratitud es una práctica infrecuente y fíjate que, en la Semana Santa pasada, en un viaje a la Jocuma acapulqueña ofrecido por el siempre munificente Alejandro González Acosta el marinero y experto pescador Manolo Vérez nos ofreció un plácido paseo en su yate llamado Baracutey, nombre cubano que alude al papagayo pequeño que cuida su nido y que suele pasar periodos largos de nostalgia en espera de una visita o de un relámpago que le quebrante, acaso para siempre, la rama recia de la soledad más emperrada. Vérez salpimentó el viaje con la mar de anécdotas.

Amigos y familiares nos dimos cuenta de la pericia non de nuestro timonel-anfitrión como pescador de marlins y otros habitantes de la vida sub-acuática.

De pronto, inopinadamente, nos contó que en cierta ocasión él y su hijo vieron cómo de manera tristítisima un náufrago se ahogaba, sin asideros a la vista. Padre e hijo asistieron al náufrago gemebundo arrojándole un salvavidas.

Lo increíble (mira que el árbol de la ingratitud es más alto que el mayor de los eucaliptos) es que el hombre, a salvo ya del embrollo que lo tenía a milímetros de la muerte, no quería regresar a sus dueños el salvavidas milagroso, esto es, el soporte material que había posibilitado la salvación de su pellejo.

No cuento el final de la historia porque es predecible. Sólo cerraré, a propósito de amigos cubanos de clara luz intelectual y corazón generoso, dos frases de José Martí que culminan de modo inmejorable este apresurado recuento de los daños que la ingratitud provoca: "Desventurado es el hombre que agradecer no sabe" y, con un añadido necesario, "Todo el que lleva luz (y sabe agradecer) se queda solo".


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