Sobre héroes y hazañas

Una hernia del camino (II y última) Anestesia general

El retorno tras la anestesia total es muy similar al nacimiento o, si me apuran, a la resurrección. Cuando pasé al quirófano recordé el célebre verso de Bernardo Ortiz de Montellano, el poeta perteneciente al grupo de los contemporáneos: “Lo último que se pierde es el oído”. Escuché no sin asombro la admonición del anestesiólogo: “Usted ya está en Pamplona, en las fiestas de toros de Pamplona. Usted no puede defenderse, pero nosotros traemos capote, banderillas, muleta y estoque para defenderlo”. La advertencia no era mala, pero el momento la tiñó de pavor y empecé a sudar copiosamente. Recordé que, unos días antes, en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, mi amigo Eduardo Lamazón comentó mi afición a los toros, un arregosto meramente literario  que no pretende fraguar la defensa de la tauromaquia. Me gusta, por ejemplo, el poema de Miguel Hernández “Como el toro he nacido para el luto/y el dolor, como el toro estoy marcado/por un hierro infernal en el costado”. Y luego vino la mención del tequilazo, un atroz eufemismo de la anestesia general, la puerta hacia una dimensión disímbola, absolutamente distinta al trajín de los días que, uno tras otro, como bien vio el poeta Aurelio Arturo “hacen la vida”. La operación, me había dicho el médico experto, sería una “bobada”, pero la evocación de pasajes literarios fue cesando conforme se acercaba el momento crucial del llamado “tequilazo”.Se trataba de una “hernioplastia”, una operación quirúrgica de vulkanizadora: colocar una malla de polipropileno y eliminar lo que los médicos llaman una protrusión, frecuente en los vientres de mujeres timbonas, esto es, de embarazadas.Era lunes treinta de septiembre y pensé: “Dios mío, que cuando amanezca ya sea octubre”, pero el emperramiento de la hernia en el organismo prolongó una operación que parecía de rutina. De las seis dieciocho de la tarde a las nueve veinte de la noche.Las primeras palabras que escuché tras el retorno al peor de los mundos posibles fueron: “Ya está despertando, son las nueve y veinte”. Entonces pensé que de igual modo “Lo primero que se recupera es el oído”.  Cuando me ingresaron al quirófano me dijo el paramédico: “Va sentir un poco el frío: es normal”. Sentí un frío que bordeaba el filo gélido de la muerte porque no me dejaba en paz el título de un libro de Eliseo Alberto: “La eternidad por fin comienza un lunes”, descabalgado de un poema de su padre el enorme poeta cubano Eliseo Diego. Me operaron en clave de crucificado: con los brazos amarrados firmemente. Cuando volví al ruedo de Pamplona vi muchos toros muertos y en el frontispicio de la plaza la leyenda: “El milagro que es mi vida desde que yo nací”. 



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