Sobre héroes y hazañas

La pelea de la gloria: José Ángel Mantequilla Nápoles

18 de abril de 1969. Forum de Los Ángeles. La multitud, frenética, gritaba: “golpea abajo Mantecas”. El magistral peleador antillano, como lo motejó Toño Andere, se había preparado como nunca para enfrentar al campeón norteamericano Curtis Cokes, un boxeador oriundo de Dallas, Texas.
En el último round el mismo Toño Andere dijo, no exento de ironía: “Si Curtis Cokes regresara en este momento a Dallas le ¡preguntarían: “¿quién eres?”” Porque en ese asalto, el décimo tercero, sus ojos eran ya “ranuras de alcancía”. Sí: el gran Curtis Cokes había sido sometido durante todo el combate por un hombre que apoyaba su fino boxeo en tres claros factores: la armónica combinación de brazos y piernas gobernada o presidida por un cerebro lúcido, el conjunto de fintas y un repertorio de golpes administrado con la prudente distancia de los grandes guerreros de los cuadriláteros: panoplia de un valiente acorazado del ring.
Sólo en el segundo round sintió Mantequilla esa letal derecha que impactaba en el rostro repetidas veces. En el noveno el nativo de Cuba pero avecindado en México salió a terminar por KOT la batalla. Sin embargo, Curtis Cokes resistió paciente y brioso. Como había perdido la visibilidad el médico del ring revisó los ojos de Cokes enclavados en un rostro tumefacto y sanguinolento. En el décimo tercer episodio Cokes ya no salió.
Nápoles, jubiloso, se desplomó sobre el tapiz y rompió en llanto. Dedicó la pelea a sus paisanos, al presidente en turno y a la gente de la ciudad de México. Había vencido a un recio y sólido contendiente que, como decía Toño Andere, parecía tener siempre “cargada la escopeta detrás del matorral”.
Era el inicio de la era como campeón de un hombre que aprendió a cabecear al esquivar los furibundos sartenazos que le querían propinar en la infancia. El cuarto campeón wélter nacido en Cuba: el primero fue el inmenso camagüeyano Kid Gavilán: protagonista de 143 refriegas.


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