Sobre héroes y hazañas

La genialidad de Morgangni (II y última parte)

Múltiples son los dispositivos anatómicos que llevan el nombre del autor de Adversaria anatomica prima (1706) y de Epistolae anatomicae (1728-1740): Giovanni Battista Morgagni, y algunas enfermedades también: la cirrosis hepática de Morgagni-René Laênnec (inventor del estetoscopio) y el rarísimo síndrome Morgagni-Stewart-Morel (aumento del grosor de la lámina endocraneal del hueso frontal). El cirujano fue pionero, asimismo, en la descripción de la enfermedad de Crohn, padecimiento que afecta al último tramo del intestino delgado, esto es, al íleon.
 Con el ánimo de encontrar luz en el Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana de Jean Corominas busqué sin fortuna la palabra cirrosis. Había leído que poseía una doble raíz etimológica: skirros (duro) y kirrós (amarillo). Ambos orígenes verbales son certeros porque así se encuentra el hígado tras el calvario cirrótico: induración del tejido conectivo y coloración amarillenta. El enigma persiste.
¿Cuál fue el principal mérito del desvelado anatomista y extraordinario profesor, además de diseccionista de cadáveres animales y humanos? Recojo la respuesta de María Luisa Rodríguez-Sala en Los cirujanos privados en la Nueva España: “El establecimiento de especies morbosas a partir de la observación de los enfermos. Por tal razón se considera al italiano el fundador de la anatomía patológica moderna y –al mismo tiempo- quien desarrolló en la medicina el diagnóstico clínico de las lesiones orgánicas, que más adelante dio paso a la medicina científica moderna” (p. 154). Continuó su ingente labor el cirujano Antonio Scarpa, gran estudioso del tratamiento de las hernias con el énfasis puesto en la técnica quirúrgica de las plastias. Aquí me detengo.
En contraste con la brevísima y deslumbrante reflexión escanciada en apenas 71  páginas (De motu cordis) de William Harvey, la monumental exploración verbal en latín de la anatomía humana y sus enfermedades, escrita con admirable paciencia por Morgagni, alcanzó las 750 páginas, prodigio sostenido de imperial e inmediata acogida y vertido, a pocos años de su primera edición, al francés, al inglés y al italiano.
Si calamos hondo habremos de advertir que a cada cadáver escudriñado con diligencia en la mesa de Morgagni (autopsia) corresponde poco más de una página de su De sedibus (700 cadáveres/750 páginas). Y así descubriríamos que la intención cardinal del padre de la patología moderna fue asombrosa: examinar los cuerpos como un mapa o como un libro y, en la simetría en cruz, examinar los libros como un cuerpo exánime pero resucitable gracias al milagro mayor de la lectura: la genialidad sin orillas de Giovanni Battista Morgagni.


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