Sobre héroes y hazañas

La fiesta del día de muertos

“El hombre es el único animal que entierra a sus muertos”, dicen los antropólogos. El hombre  siembra a sus muertos para que un día en otra vida pudiesen de algún modo florecer. El dos de noviembre, día de muertos, los cementerios, heridos de soledad durante el año, son visitados por peregrinos que quieren sentir el temblor de sus seres queridos bajo la tierra. Llevan el macizo amoroso de los crisantemos y elevan la desnuda plegaria para ser escuchados desde la otra orilla. Algunos releen con fervor los epitafios; otros lloran la desaparición de sus deudos o de sus afectos centrales. Vivos y muertos entrelazan sus empeños en un mismo propósito: borrar la distinción entre los mundos aparentemente antagónicos e iluminar los pasadizos de la vida con un soplo de luz cenizoso. También se escuchan los cantos reflejados en las lápidas y en los túmulos. Y una viejecita implora, abrazada a una tumba, que le devuelvan a su hijo muerto hace justo un año en malhadado accidente. El día de muertos es fiesta y recordación o, si me apuran, fulgores e irisaciones de la memoria festiva en busca de las otras voces, de las voces de quienes culminaron antes que nosotros “el camino de todos”, como le llamó Ramón María Valle Inclán, el poeta que había escrito: “Mientras hilan las Parcas mi mortaja/una cruz de ceniza hago en la frente/el tiempo es la carcoma que trabaja/por Satanás, y Dios es el presente”. La celebración posee, vista en su envés, un halo de dolor, de tristeza y de quejumbre. En el perpetuo descarnarse que es la vida humana los hombres somos cada vez más cercanos a los huesos, más cercanos asimismo a volver con los nuestros de alguna manera misteriosa. Un rosario de enigmas nos sorprende día con día y así comprendemos que acaso la mejor definición del cielo como confluencia de los espíritus sea aquella que dice que se trata de “El lugar del reencuentro con los seres queridos”. Y celebramos la vida (que es la otra cara de la muerte) el pasado dos de noviembre. 


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