Sobre héroes y hazañas

Mi encuentro con la placenta

La voz placenta, avisan los diccionarios, viene del latín y significa literalmente torta. La palabra guarda similitud sonora con la palabra placer y, por supuesto, con la voz placentario (perteneciente o relativo a la placenta).

La disimilación vocálica de placentario arroja placenterio, cuya elipsis de la i final ofrece: placentero.

Mi encuentro con la placenta fue todo menos placentero.

Yo diría, incluso, que fue traumático. Padecí náuseas que me pusieron al borde del vómito.

El doctor se percató de mi vértigo y me permitió abandonar el aula para ingresar de manera urgente en el baño.

Los amagos de vómito se desvanecieron pero no quise volver al salón de clases porque allí encontraría un cúmulo amenazante de placentas. ¿Qué es la placenta? Es un puente entre el embrión y el útero.

Es un nexo entre el hijo y la madre y sirve para alimentar al bebé en cierne.

El diccionario dice de manera puntual, escueta, que la placenta “se expulsa en el parto después del hijo”.

En México se suele decir que los recién nacidos que dan suerte a sus padres “traen la torta bajo el brazo”. En un examen más fino debemos decir que “traen la segunda torta bajo el brazo”. Porque, como ya vimos, la primera torta es la placenta.

Sé que la raíz de la palabra placer se distingue del étimo de la voz placenta. Son voces gemelares sonoras con desembocaduras semánticas dispares.

Por ello me intrigaba saber cómo una palabra que parece grata al oído define un organismo ingrato a la vista. Además en la placenta nace el cordón umbilical, la cuerda que heredamos como santo y seña de nuestra conexión original con la madre.

El antónimo de placenta sería entonces dolienta (voquible ajeno al mundo del dolor).

Dolienta sería la anti-placenta, un organismo que frustrase el diálogo del embrión con el útero, de la madre con el feto. Ese organismo acaso exista en una dimensión extra-terrestre o, mejor, extra-humana. 


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