Sobre héroes y hazañas

La curiosidad postergada

Aprendí, en mis remotas clases de anatomía, los nombres de huesos, músculos, cisuras, órganos, dispositivos neurofisiológicos y demás yerbas. Creíamos que Falopio era una voz que guardaba resonancia con cierta emergencia masculina y movía al albur. Muchos años después supe que Gabriel Falopio fue un médico célebre del siglo XVI y que Bartolomeo Eustachius, anatomista del mismo siglo, primer descriptor de las glándulas suprarrenales (y éstas, según él, fuentes de la bilis negra), estudió las trompas que comunican la faringe con el oído. Entonces escuché, metáfora más humor, aquello de “Doctor, la luna me produce mareos en la trompa de Eustachius y mareas en el tubo faringotimpánico”. En los semestres finales de la carrera el profesor de neuroanatomía solía preguntar: ¿Quién fue Varolio? Preferíamos llamar a la estructura “puente de Varolio” en lugar de protuberancia anular. Décadas después descubrí que Costanzo Varolio fue un desvelado estudioso del cerebro humano. El profesor enumeraba los huesos de la muñeca en atención a la primera fila: escafoides, semilunar, piramidal y pisiforme (forma de guisante).Recordé entonces la segunda fila de los huesos del carpo, más audaces, provocadores y menos poéticos: trapecio, trapezoide, grande y ganchoso. En la reminiscencia de mis años universitarios aparecía, como un indestructible iceberg, el nombre imperial del músculo del cuello denominado, ¡qué palabra!, esternocleidomastoideo. Y nadie se preocupaba por saber qué era la “manzana de Adán”, más pronunciada en los hombres que en las mujeres y constituida por la epiglotis válvula que cubre el umbral de la laringe e impide a los alimentos su acceso a la tráquea. La manzana de Adán, lo sabíamos, era un homenaje al primer mortal y su nombre no disimulaba la relación con la historia bíblica. Al investigar el origen nominal de una de las afamadas cisuras cerebrales “el surco de Rolando” descubrí zonas biográficas de Luigi Rolando: médico italiano a quien debemos asimismo la descripción de la sustancia gelatinosa, en las astas de la médula. Si Camilo Golgi aparecía  mencionado como un aparato en el citoplasma de la célula yo quería saber, movido por un prurito de justicia poética, quién habría de poner nombre al hueso de Galeno o al músculo de Hipócrates o a la circunvolución de Ramón y Cajal. Otra curiosidad postergada fue la revelación del adjetivo “sacro”, aplicado a un hueso cuya colocación invitaba más bien a la palestra erótica. Pienso que en el crepúsculo de los días, cuando la historia llegue a su fin, los numerosos nombres de calles, ciudades, continentes y planetas se apagarán en silencio. En cambio, los nombres de las partes del cuerpo habrán de pervivir donde el hombre esté, acaso amparado en la penumbra de una caverna o a bordo de un esquife que habrá de recordar el hueso escafoides de alguna hermosa muñeca. 


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