Sobre héroes y hazañas

Las coronarias del gran Kawasaki

Suelo recordar el aforismo de Baltasar Gracián “La verdad muda y la mentira trilingüe”. Lo recuerdo siempre que pienso en los valladares y las vicisitudes que impiden que la verdad se manifieste con nitidez, esto es, con diafanidad radiante. Y lo pienso, sobre todo, cuando leo casos en la historia de la ciencia que nos dejan perplejos. Esto mismo experimenté cuando leí la narración atañedera a la descripción de la enfermedad conocida como síndrome de Kawasaki. Desde 1961 Tomisaku Kawasaki intentó demostrar que la enfermedad cardiopática infantil número uno se distingue del síndrome de Stevens-Johnson y que también se distingue de la fiebre escarlata al menos en tres sentidos: exudado amigdalar, falta de respuesta a la penicilina y erupción (exantema) distinta respecto de la fiebre ya mencionada. Pasan los años y el jefe de pediatras de un afamado hospital de Tokyo se niega a aceptar que Kawasaki haya descrito magistralmente una enfermedad diferente, con rasgos y características propios: la lengua aframbuesada, los edemas, el exantema ya mencionado y, sobre todo, aneurismas (dilatación a normal) en las arterias coronarias de los niños menores de cinco años. Los manuales de medicina avisan que la enfermedad es idiopática, esto es, sin causa precisa reconocida. En la entrevista realizada por el Dr. Shulman el médico japonés Kawasaki afirma que fue sólo hacia 1967, cuando publicó 50 casos en Japanese Journal of Allergology cuando las fotografías y descripciones fungieron como pruebas incontestables de la existencia de la enfermedad enigmática. Ahora sabemos que el síndrome de Kawasaki es una dolorosa realidad que afecta de manera preferencial a los niños. Cuando Kawasaki inició sus investigaciones denominó al síndrome con unas siglas reveladoras: le llamó GOK. Cuando el Dr. Shulman le preguntó qué significaba el acrónimo Kawasaki dijo elocuente: “¡God Only Knows!.Tomisaku Kawasaki siente que el mundo se desploma el 11 de marzo de 2011. El terremoto arrecia y, en su oficina, Kawasaki se arroja al suelo impelido por el pánico. Su secretaria, la señorita Sato, hace lo mismo. Kawasaki pierde sus lentes en la faena. El temblor se prolonga y Kawasaki sale de sus oficinas para intentar tomar el tren subterráneo que está atestado. Las arterias coronarias de Kawasaki se dilatan al máximo. Aterido se arroja a las casitas de cartón y, por fin, sale del trance, no sin manifestar los síntomas de un gran miedo.Tomisaku Kawasaki despierta aturdido. Regresa a la oficina y recupera sus gafas. Sus arterias coronarias (¡Ah!: las arterias coronarias) retornan a su ritmo habitual. Kawasaki piensa en los niños que padecen el síndrome que lleva su apellido. Homenaje al gran médico: Tomisaku Kawasaki. 


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