Sobre héroes y hazañas

El corazón magnánimo

A mi amigo Julio Ávila le hizo gracia la respuesta que le dí al médico cuando me preguntó qué se sentía tener un corazón más grande que los demás. Y se refería al volumen biológico, no a la dimensión moral, psíquica o ética. Observó la radiografía y dijo: “Su corazón está más grande de lo que debería estar”. Y yo respondí: “es que soy muy generoso”. Al médico no le hizo gracia mi respuesta. Había escrito yo un texto sobre el corazón intitulado “Un visitante sigiloso”, porque pensé (y pienso) que es increíble alojar un animal silencioso en la jaula del pecho. La gran contradicción del corazón humano es que, a pesar de que sabemos su naturaleza como músculo involuntario, le atribuimos todas las prerrogativas de la voluntad y del deseo. De modo que decimos, por ejemplo, “Te amo con todo el corazón”, cosa literalmente imposible. Además los lexicógrafos y los etimólogos ilustran sus diccionarios con expresiones carentes de sentido. En italiano, para decir “te amo” se dice “te quiero bien” (ti voglio bene). Y agrega el poeta y añade el romántico: “te quiero bien con todo el corazón”. El corazón es inservible para el amor. El corazón es enemigo de la voluntad. El corazón late sin cortapisas y ajeno a las tribulaciones y a las recompensas de la voluntad nuestra. Es increíble cómo se fue imantando de cursilerías y afanes seudo-románticos un órgano involuntario y presidido por la rutina biológica más desesperante, por autónoma y sorda a nuestros ruegos.¿De qué manera se fue llenando  el corazón humano de significados relacionados con el amor, la voluntad y el deseo? El corazón humano es indócil, inobediente, rejego. Al ser uno de los centros vitales más relevantes le arrogamos un papel inexistente: el centro móvil del amor, el hacedor de voluntades. Mas el corazón no tiene la culpa, inexpresivo cómo es- Y sin embargo el cerebro, de donde se desprende la vía piramidal, responsable de la  ejecución de los movimientos  voluntarios, ha sido injustamente ignorado. Nadie en su sano juicio dice a su amada o amado: “Te amo con mi cerebro”, y eso sería lo más justo, lo más ceñido a la realidad nuestra.Por esta misma razón yo mismo, al responder al médico que mi corazón era generoso por tener dimensiones que rebasan la previsión en atención a mi edad adulta, también fungí como falsario, como mentiroso: porque la generosidad no es atributo de corazón ninguno. Uno es generoso por voluntad que procede, una vez más, del cerebro y sus heraldos. 


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