Sobre héroes y hazañas

El cementerio como dormitorio

Quiero hermanar tres aportes literario-lingüísticos en un solo hecho: la semejanza entre la muerte y el sueño, tópico trillado en los siglos áureos del idioma.

Hace muchos años, cuando era más joven –Sabina dixit- leí en Unamuno la frase “se acostó a morir” no, como solemos decir de rutina, “se acostó a dormir”. La frase me impactó pero yo no sabía que Unamuno se apoyaba, como solía hacerlo con frecuencia, en la raíz etimológica. Ya  veo que prefería entrañar a extrañar, y prefería, asimismo, insistir a existir: Dios no existe, Dios insiste dentro de nosotros. 

Los etimólogos o etimologistas dicen que la raíz de la voz cementerio es, precisamente, dormitorio: tomado del latín tardío coemeterium, dice Corominas, y esta voz proviene del griego acostar.

De modo que la frase de Unamuno tiene feliz apoyatura en el origen de la palabra, y quienes moran los cementerios están acostados, dormidos para siempre, sembrados con la esperanza de resucitar, esto es, de volver a despertar en éste o en otro mundo, eso creo yo. 

El tercer puente que iguala dormir con morir está cifrado en unos versos de Pasado en claro de Octavio Paz, quien a la letra escribe refiriéndose a su padre: “Yo nunca pude hablar con él./Lo encuentro ahora en sueños,/esa borrosa patria de los muertos”.

Bella manera de decir que la intersección afectiva con el padre se dio sólo en el universo onírico.

Y entonces, si ya sabemos que para Jan Corominas, Miguel de Unamuno y Octavio Paz, el sueño es la anticipación emuladora de la muerte, ¿Por qué no decidimos ver los cementerios como dormitorios?, ¿por qué no aceptamos que algún día, inimaginable por nosotros, mortales de a pie, los muertos habrán de despertar de su sueño profundo y sin fisuras? Porque, según el consejo antropológico, el hombre es “el único animal que entierra a sus muertos”, y los entierra con la esperanza de que algún día pudiesen florecer, asomar al alba, ponerse en pie frente a las cosas, como dijo el poeta.

Por eso digo yo, en sintonía con Hölderlin, que el lenguaje es el más peligroso de los bienes: “El cementerio como dormitorio” ¡no!: ¡El cementerio es un dormitorio! 


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