Sobre héroes y hazañas

El carpintero de la muerte II

Forra la caja con níveos rasos
como sus dientes; azules lazos
quiero que prendas a sus despojos,
como sus ojos, como sus ojos.

El segundo verso, en el Nocturno en francés, es éste: “comme ses dents, comme ses dents”. González Martínez ha respetado sólo la repetición en contacto del cuarto verso. Y es problemático aceptar, como correlato de la expresión francesa “satin blanc”, la frase “níveos rasos”. La palabra níveo es ahora un arcaísmo. La caja debe ser forrada de blanco y el cuerpo de azul: la caja y el cuerpo guardan, entonces, una relación metonímica: el contenido determina el ornamento del continente: el cuerpo tendido de la amada prolonga los bellos rasgos que poseyó en vida: la albura de los dientes y la intensidad azul de los ojos. La tercera estrofa es dolorosa porque en ella insurge la aceptación de que alguien más besó la garganta de la, para decirlo, con otro modernista mexicano, amada inmóvil:
Otro allá abajo, cabe la fuente,
bajo los olmos de la corriente,
mientras el ave nocturna canta,
besó las nieves de su garganta.

Sobresale al arcaísmo “cabe” como sinónimo de “junto a”. El traductor elige una vez más mudar la repetición que campea en francés: “sous les ormeaux, sous les ormeaux”: “bajo los olmos, bajo los olmos”. Y aún más: el “ave nocturna” no es sino un cuclillo, un coucou. Y tengo para mí que Morás (su hablante lírico) ha escogido un ave que presenta en su morfología verbal la repetición: cou-cou. Acaso el cuco sería el ave nuestra más cercana en atención a la perspectiva sonora. Las nieves avisan, vía metonímica, que es blanco el cuello de la amada muerta. González Martínez (el traductor, pues) urde el contraste del blanco (garganta) y el negro (del ave). Por supuesto que el “ave nocturna” es el heraldo de la muerte. La fuente, los olmos y el río son elementos vitales que prefiguran, en un marco de evidente nostalgia, el recuerdo del beso. Por ello se impone la vuelta a la primera cuarteta. Esto, además de conferir circularidad estética al poema, sugiere la relectura del poema y, asimismo, inscribe en un tiempo cíclico, en una quietud inalterable, a la amada y a su frustráneo re/suscitante:

Buen carpintero, buen carpintero,
de abeto o roble busca un madero
y hazme una caja grande y pesada
para encerrar en ella a mi amada.

La traducción de González Martínez es, acaso, inmejorable. Mas en la relectura del poema de Moréas advertimos que ha decidido, como eje de su dinámica retórica, deslizar a propósito las repeticiones sonoras, porque despliegan el escenario de la sugerencia del tiempo que insiste, del carpintero que construye la caja final y, sobre todo, de la desesperación obsesiva ante el cadáver de la amada:

Toc, toc, toc –golpea aprisa y fuerte, toc, toc- el carpintero de la muerte.


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