Sobre héroes y hazañas

Los caminos de Proteo II

José Emilio Pacheco in memoriam

En el corpus (in)completo de esta literatura sobresale, como obsesión temática, la angustia planetaria, la vulnerabilidad del hombre ante las amenazas y tragedias del entorno/mundo, la faz efímera de quienes compartimos la condición humana. Esto habrá de proyectarse de manera reposada en libros ulteriores y es perceptible, incluso, en sus poemarios recientes: La edad de las tinieblas. Basta que nos detengamos en los versos de un solo poema, «Otro espejo», para experimentar esa angustia quemante, urente, de quien percibe la propia casa en ruinas: «Duelen los pozos por la noche erizada de destrucciones, pero al menos una vez dentro del año debo poner los pies en la propia tierra, ir con riesgo de la vida (que ya está en peligro dondequiera) a los lugares que nadie quiere ver de frente» (p. 75). Paradigmática es la aseveración de que la vida está «en peligro dondequiera». Y lo mismo podemos decir de poemas incluidos en Como la lluvia (2009): «El viento le hizo entrar por la ventana. / Arrugada, en dobleces, yerta. / Una especie de momia vegetal, / Un pergamino ariscado, / Un palimpsesto en que sucesivos otoños / Presentaron su carta de rendición / Ante otros tantos inviernos. / Quise leerla y se deshizo al tocarla. / Polvo somos» («Una hoja»).
En la obra íntegra de Pacheco advertimos un constante afán innovador, proteico y una curiosidad insomne: los registros son múltiples y los géneros literarios se entrecruzan y alimentan en un espejeo de referencias e intertextos que parece inacabable e impredecible. Quizá sea justo decir aquí que en el centro de este concienzudo y minucioso afán destaca la reflexión íntima y aguda de la propia herramienta de trabajo, esto es, del lenguaje, de la palabra y sus irisaciones. Pacheco examina la almendra lingüística con ojos siempre avispados, con la mirada de quien se adentra en una selva a un tiempo grata, sorprendente e intimidante. Hay en esta reflexión una enseñanza y un logro mayúsculos. La enseñanza de que la sencillez expresiva no es sinónimo de machacona simpleza y el acierto de multiplicar el número de lectores en todas las esquinas. Es posible decir que nunca ha existido (ni existirá) un Pacheco abstruso, hermético u oscuro. Si la oscuridad de Lezama convocaba (como él solía decir) incesantemente la luz («cuya secreta alegría es capaz de fabricar una mañana y sostener la luna con el hilo de la imagen», de la dedicatoria a Manuel Pereira), la sencillez de Pacheco invita de manera incesante a ver el lado inédito del argumento o tema para contrastarlo con la luz de la sensibilidad/inteligencia escrutadora. Dicho de otro modo: la insinuación del no decir es una puerta hacia la transparencia del pensar, que es una puerta hacia la luz de la relectura. Una invitación que multiplica sus motivos: «Lo más importante de una obra / de arte es lo que no se dice. / Virgilio Ferreira» («Simulacro», Como la lluvia).
Allí, en el lado más oscuro de la sombra, se ve mejor iluminado el rostro literario de José Emilio Pacheco: una permanente exploración del lenguaje con la linterna doble de la imaginación casada con el pensamiento: «Consideramos algo natural / La extrañeza del mundo, su misterio. / El castigo y alivio de ser mortales, / El terrible milagro de estar vivos» («La extrañeza», Como la lluvia).
mayo 2010.


gilbertoprado@hotmail.com