Sobre héroes y hazañas

La alegría a destiempo

Refugiado en la soledad y en el silencio (y fue Marcel Proust quien afirmó la preeminencia de estos dos vectores en la creación literaria) el gran poeta Firdusi troquela, verso a verso y con eremítica paciencia, la epopeya persa, El libro de los reyes. Se trata de un enorme poema que trabajaría durante 35 años y que culminaría con la pasmosa cifra de 60 000 versos dísticos o pareados. Motiva la tarea del escritor la promesa de que por cada dístico el sultán Mahmud el Gaznevida le habrá de dar una moneda de oro. Firdusi traza el mapa de la historia de los monarcas persas antepasados con mano experta y, concentrado en su monumental empresa, no cede a las tentaciones del entorno y pasa horas y horas cincelando su mayestático poema sólo borrado en magnitud por el Mahabharata. Cuando termina su obra Firdusi va a la corte y es recibido por los adalides de la envidia (la envidia es admiración con rabia dijo el filósofo) quienes lo acusan de impiedad y le sugieren al rey Mahmud que le conceda monedas de plata en lugar de dinares de oro por cada par de versos. Después de conversar con Mahmud el poeta Firdusi sale del palacio muy dolido y, tras escribir un encendido escarnio poético contra el sultán, huye por las costas de Asia hasta recalar en Bagdad donde el califa Cader-Billah le brinda protección. Se contaba en los mentideros que Firdusi había regalado sus monedas de plata a un vendedor ambulante y que, cansado de tanta y tamaña persecución, decidió regresar a su ciudad natal Thus. Quiso la malhadada ironía de la vida que el mismo día que entraron en Thus las carretas con 100 000 monedas de oro -tardía compensación del arrepentido sultán Mahmud- el cadáver de Firdusi era conducido hacia la huesa o sepultura. El acto de justicia llegaba tarde y la gente lloro sin cesura la tragedia de su poeta oficial, sumido para siempre en las sombras. En varias zonas de su obra narrativa Borges reinventa el desventurado sino trágico del poeta persa.
Narro esta afamada historia para evidenciar cómo la alegría y la justicia pueden llegar a destiempo. Ojalá que el triunfo de la selección mexicana de futbol hoy frente a Nueva Zelanda en el estadio Azteca no se convierta en un júbilo tardío que, por diferentes razones relacionadas con una larga decepción tras el rosario de fracasos, cuando llegue ya no valga la pena, incapaz de emocionar a nuestros desencantados corazones.


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