Sobre héroes y hazañas

El adiós de Tomás Moro

A través de los siglos el hombre ha inventado la mar de utopías. Todas han fracasado. Algunas han enceguecido a los mortales hasta el delirio heroico. Quizá el menos idílico de los devaneos fue formulado por Tomás Moro, amigo de Erasmo de Rotterdam, en su libro Utopía.

 La animadversión de Enrique VIII enderezada contra el filósofo culminó en un penoso proceso que llevaría a Moro a ser decapitado. Un degüello cruento y rotundo. La cabeza más brillante de Europa separada de su cuerpo portador. Una canallada histórica de dimensiones aún hoy incalculables. El lúbrico Enrique VIII ofreció a los enemigos del pensador, quizá nunca mejor dicho, el oro y el moro.

Hacia el cadalso sorprendió a todos la serenidad granítica de Moro, irónico frente a su verdugo: “Ayúdeme a subir, porque para bajar yo podré valerme solo”. La condena incluía diversas mutilaciones, pero el rey se apiadó y la redujo a sólo la pérdida cefálica.

Hoy recordamos del canciller de Londres la frase: “Un hombre puede perder la cabeza fácilmente, y, sin embargo no sucederle nada malo en ello”. La cabeza de sir Thomas Moro rodó tras el certero tajo del verdugo. Moro se había declarado “siervo del rey, pero primero siervo de Dios”. El ejecutado miró con ojos exorbitados a sus espectadores. Era una mirada de inusitado entusiasmo. Ardía en ella el fuego de todas las constelaciones, la fe de todos los creyentes.

El verdugo levantó la cabeza y la colocó en una pica, junto a la puerta del puente de Londres. La hija mayor del filósofo ofreció, por esa pieza humana de inestimable valor, una suma módica de dinero a quienes había sido delegada la misión de arrojarla al Támesis. Sí: al río que tantas veces surcó en su bote Tomás. Margarita acarició con sus manos la cabeza inerte de quien se había opuesto al divorcio de Enrique VIII y Catalina de Aragón.

El llanto de la hija mayor inundó los ojos exánimes de Moro. Londres, Inglaterra, el mundo entero experimentaron entonces un súbito apagón, el desvanecimiento inexplicable de un fulgor intenso. El cuerpo de Moro permaneció varios días en el osario de la torre de Londres, donde el escritor había permanecido varios meses para cumplir su condena. Luego arrojaron el cuerpo a una fosa común.

La cabeza fue enterrada después junto al árbol que había plantado el humanista, y urdió recias y transparentes raíces de metafísica estirpe que hoy iluminan el corazón de las tinieblas.


gilpradogalan@gmail.com