Sobre héroes y hazañas

Zaratustra Vázquez in memoriam

Siempre recuerdo con azoro y gratitud dos frases acaso complementarias. Una se la escuché al llorado maestro del cuento corto David Lagmanovich. Se la escuché en el departamento de Madrid, frente a la Plaza de España. Era el año capicúa 2002. David me dijo: “La vida es una incesante sucesión de pérdidas”. Frase, por cierto, que alienta un desenfrenado pesimismo. Porque la vida también es, creo yo, una “Incesante sucesión de ganancias”, de placeres si me apuran. Leí la otra frase en el fascinante libro Amores que atan del escritor gallego aclimatado en París Julián Ríos: “Con qué facilidad se pierde lo que más amamos”. Ambas expresiones perviven como cinceladas con luz inmarcesible (perdón por lo cursi) en mi memoria, y afloran con sorprendente frecuencia. Digo todo esto porque en el crepúsculo del año pasado falleció de manera infausta mi amigo Zaratustra Vázquez: poeta, locutor, fundador de sonido Changorama, asiduo lector de La conciencia de Zeno y DJ. Tuve la fortuna de escribir unas palabras para su ópera prima:
“Las antiguas definiciones de poesía, sin aludir a sucesos de naturaleza milagrosa, explicaban que la palabra lírica fungía como una suerte de exploración del ser. Más que tanteo e indagación profundos, mera búsqueda: acercamiento de la voz al mundo para iluminarlo, para intentar comprenderlo. Esta es la convicción que rige, sin miedo a las vacilaciones o a las súbita revelación aforística, la opera prima de Zaratustra: Sobre el sentimiento tango de que simplemente todo. Hay en esta escalada inicial dubitaciones y caídas, pero también hay certezas y regocijos que no olvidan el cariz anecdótico o el humor ingenioso, tal como ocurre en esta tirada de versos: “Los colores la volvían loca/ es lo único que puedo decir, señor oficial/ después de aquel arcoiris/ no volví a saber nada de ella”
Por sus mejores momentos juzguemos esta invitación que no desdeña el ademán jocoso”
Confieso que se me encogió el corazón al releer aquellas palabras con otros ojos.
 Recuerdo, asimismo, que junto con Zaratustra participé en varios programas en Ibero 90.9 Radio. Me impresionó siempre su infatigable lucidez y el oleaje sin diques de una imaginación desbordante. Recuerdo también un programa que hicimos acerca de La coscienza di Zeno de Ítalo Svevo. En una ocasión viajábamos con Leticia Santos y Sigrid Arteaga por Reforma y Zaratustra llevaba en ristre el libro de Svevo. Me sorprendió que Zaratustra citó largos pasajes de la novela con una memoria sin fisuras. Hoy evoco a nuestro amigo perdido pero no para siempre: nos deja sus libros y sus canciones y, sobre todo, su inmenso amor a la vida. Una vida que no es, por cierto, sólo una incesante sucesión de pérdidas. Descanse en paz el gran Zaratustra Vázquez.


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