Sobre héroes y hazañas

Vindicación de la boca

La boca habla de la boca. La boca, el lugar de los labios, sabe que sus funciones son múltiples, desde la zona erógena pintada por el dibujante Freud hasta ser, como la definió el poeta Miguel Hernández, “frontera de los besos”. Es el sitio de la voz y el gran reservorio del silencio. En ella, dentro de ella, granan los más oscuros y longevos silencios. Quizá no sea difícil investigar aspectos del teatro del alma de los mortales a través del estudio de sus bocas: las líneas gruesas de los labios con ambición de belfo o las líneas sutiles de las bocas que parecen un monumento a la reticencia: el gran bocón y el que se hace de la boca chiquita. La boca del enredista profesional, del lenguaraz, del boquiflojo. La otra, la discreta, la sugerida abertura que no dice nada, que prefiere la honradez del silencio, comer poco y no vituperar: la boca mínima, como un paréntesis en la página del rostro o como guiones pequeños en las comisuras de los labios. La boca asimétrica: la del labio superior grande y el labio inferior menos abultado, como una orden de general a soldado raso, como un  desbordamiento de poder, como una abnegada resistencia. Existe también la boca de quien come poco: infinidad de mortales calzan esos labios secos, agrios, cansados de mirar las otras bocas, las robustas y biencomidas bocas de los políticos y de los militares. Hay aberturas que nacieron para besar y ser besadas, humedecidas y redondas de placer, como una naranja o como una sandía, llenas de luz y de gratitud, bocas de enamorados y bocas de generosos. Las otras bocas, las sádicas y acostumbradas a comer, pero que nunca besan, heridas de dolor y de sequedad, agostadas por el odio, muertas de una sed que no se sacia con agua, poseen unos labios casi abolidos por la feroz presencia de los dientes.Las grandes bocas de los grandes amantes: bocas que borran la infinita soledad del hombre con sus labios parónimos. Y la boca que pisa hacia delante, como en espera del beso que le brinde, por  fin y para siempre, la redención de la carne.La boca pintada de la señorita que cruza la calle de las seducciones. Labios de color de manzana y de sabor de uva. Hendidura sutil, mariposa de colores, alma que no se moja cuando llueve, caligrafía del placer, absorta genuflexión del deseo. La boquita que crece en el incendio, que arde de ganas cuando pierde el color, cuando otros labios la buscan con ambición de siglos.En el jardín de la vida hay bocas para todos los gustos: tenaces que bordean los doscientos milímetros (las dos sienes), indiscretas que monopolizan el rapto de las carcajadas o bocas menudas donde ningún bicho entra. Acaso sea un exceso decirlo: uno juzga las otras bocas a partir de la percepción de la propia. Censurada por su indiscreción o por su manía de pedir de comer o por su sed añeja o por sus ganas inmensas de besar, la boca no ocupa el lugar de privilegio (que con toda justicia merece) en nuestras vidas. Es, sin duda, la región que más trabaja y da placer de cuantas existen en el cuerpo. 


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