Sobre héroes y hazañas

Terboven sobre un barril de pólvora

Los suicidios de los altos militares o funcionarios nazis, en atención a su carácter sonoro, se pueden dividir en tres grandes rubros: silenciosos, sonoros y estridentes.

En el primer casillero estarían suicidios por ingesta de pastillas perniciosas o deletéreas (Himmler o Göering) o por estrangulamiento con jirones de ropa (Robert Ley, por ejemplo).

En el segundo apartado tenemos suicidios por disparo de bala (Hitler, Eva Braun, la familia Goebbels o Wilhelm Rediess).Ese último se pegó un tiro en la cabeza en el castillo de Skaugum.

Minutos después, en el mismo búnker, el Comisario del Reich para Noruega, Josef Terboven, un hombre cruel y despótico, se montó sobre cincuenta kilos de dinamita e hizo explotar el cargamento.

Podemos suponer que voló en pedazos y que fue, quizá y sin quizá, una de las muertes más ruidosas del nazismo.Sólo comparable con el estrépito de la granada que dio muerte a Ernst Robert Grawitz y a su familia, Grawitz fue uno de los médicos de la SS.

Por cierto, la escena del granadazo fue reconstruida en la película La caída, los últimos días de Hitler (2004). Diré, por último, que estas muertes contrastan con el silencioso pavor del gas habilitado en los campos de exterminio. 



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