Sobre héroes y hazañas

Roberto Clemente

In memoriam



El lanzador Tom Walker llega a su casa en aquella noche vieja de 1972 y enciende el televisor. El noticiero avisa que el avión en el que viajaba el gran jugador de los Piratas de Pittsburgh Roberto Clemente se había estrellado cerca de la costa de Isla Verde, Puerto Rico. Walker había ayudado, unas horas antes, a cargar el avión donde viajó Clemente para llevar ayuda a los supervivientes del terremoto que devastó Managua el sábado 23 de diciembre. Tom Walker quería acompañar a Roberto Clemente en el vuelo pero el jardinero derecho de los Piratas le dijo que mejor se quedara en casa, que el avión estaba lleno. El azar providente salva al padre de Neil Walker actual segunda base de Pittsburgh. Siempre que recuerdo el malhadado accidente recupero los versos de Miguel Hernández a Ramón Sije: “Quiero minar la tierra hasta encontrarte/y besarte la noble calavera/y desamordazarte y regresarte./Volverás a mi huerto y a mi higuera/por los altos andamios de las flores/pajareará tu alma colmenera/de angelicales ceras y labores”. ¿Por qué? Porque Manny Sanguillén, el receptor panameño de los Piratas y gran amigo de Roberto, en un esfuerzo desesperado se arrojó sin fortuna al mar en busca del cuerpo de Clemente. Jamás encontraron los restos del astro de Puerto Rico, un todoterreno, un pelotero completo que ganó cuatro veces el campeonato de bateo y doce guantes de oro. Además Clemente dio el título a los Piratas en la serie mundial de 1971 contra los Orioles de Baltimore de Frank y Brooks Robinson y de los serpentineros Mike Cuéllar, Pat Dobson, Jim Palmer y Dave McNally: todos ganadores de veinte o más juegos en esa temporada. Los Piratas protagonizaron una remontada histórica para ganar la serie después de haber perdido los dos primeros juegos en Baltimore. Y Roberto Clemente fue el jugador más valioso del clásico de octubre: 414 de porcentaje de bateo: doce hits, dos cuadrangulares, un triple y dos dobles. Casi nada.
 Acaso las dos notas distintivas, dentro y fuera de los estadios, del tremendo patrullero que falleció en Isla Verde hayan sido la generosidad y la elegancia. Al desaparecer había cumplido de manera exacta la cifra de los tres mil imparables. Era, para decirlo sin tapujos, un caballero del deporte, un ser excepcional que murió en el empeño por ayudar a sus semejantes. Por eso cuando Tom Walker encendió el televisor y se enteró de la muerte de su amigo dos gruesos lagrimones anegaron su rostro. Y recordó las palabras finales que le dijo Roberto Clemente: “Mejor quédate en tu casa a disfrutar la llegada del año nuevo”.



gilbertoprado@hotmail.com