Sobre héroes y hazañas

¿De Recife al cielo?

Era tal el impacto visual de una ciudad como Recife que de súbito pensé en el verso del poeta mexicano Carlos Pellicer (Ojos para mirar lo no mirado). Las entrañas del puerto estaban repletas, desde anoche, por el venturoso augurio de que México vencería a Croacia. El 23 por la mañana me dirigí a la Rúa de la Madre de Dios donde se encuentra la Iglesia del mismo nombre, a un costado del Fan Fest. Le pedí a la Virgen el milagro-favor de que México doblegara al equipo donde juega el imaginista de la media cancha Luka Modric. Y luego viajé hacia el estadio Arena Pernamuboco en taxi. La cancha estaba a las afueras de la tierra donde nacieron los poetas Manuel Bandeira y Joao Cabral de Melo. Llegamos en veinte minutos. El ambiente era fenomenal: porras, gritos, cánticos e insultos ininteligibles para unos croatas amables, nada petulantes y esperanzados en pasar sobre México. Una esperanza cimentada en el juego que dieron contra Camerún. El primer tiempo del partido fue tenso a más no poder. Ambos equipos forcejeaban por la posesión del balón. Fue impactante para mí escuchar el himno dedicado a Oribe Peralta varias veces en la arena Pernambuco. El Cepillo, siempre esforzado, deslizó una pelota que impactó Herrera y que fue a estrellarse justo en el ángulo entre palo izquierdo, en relación al portero, y travesaño: el peligro de gol más inminente, para decirlo con un lugar común de los comentaristas mexicanos. Yo creía en México más aún porque me tocó en suerte doble capicúa: asiento 33 de la fila 414. Miguel Herrera entendió, acaso como nunca, que Cepillo y Chicharito pueden formar una sociedad letal, mortífera, tal como ocurrió en la relampagueante jugada del segundo gol. La picardía de Peralta y la pantalla de Hernández dieron como resultante el gol de Andrés Guardado. Tras el primero de Márquez México presintió que podía golear y presintió, asimismo, que si Camerún le anotaba otro gol a Brasil el primer lugar de grupo no era imposible. Junto a nosotros se encontraba la porra brasileña que, por cierto, festejaba con locura los goles de su equipo en otra latitud, la confirmación de Neymar como un idolazo capaz de hacer olvidar al más pintado. El desplome del Piojo Herrera, impelido por la desaforada celebración de uno de los nuestros, fue una imagen imborrable, desopilante. La hazaña estaba consumada y nos tocaría en suerte Holanda, una recia selección invicta, con paso impecable. El duelo entre Van Persie y el Chicharito se antoja de rechupete. Y entonces recordé al poeta de las horas de junio, un junio con llovizna y con México en octavos de final, tras escuchar la porra no exenta de cierta retranca alburera: Holanda va a probar el Chile nacional/Holanda va a probar el Chile nacional. Y pensé en otro verso de Pellicer: Oídos para oír lo nunca oído. 



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