Sobre héroes y hazañas

Radiografía de los hospitales

En los hospitales se exacerba la sensibilidad y no conozco mortal que no padezca una suerte de hiperestesia exponencial cuando cruza la franja blanca, la albura voraz, de los nosocomios. El enfermo sufre su dolor con estoicismo pero además, si nos fijamos bien, los visitantes de los enfermos  se contagian de manera automática del drama del paciente.

Lo diré de otro modo: los visitantes experimentan (experimentamos) una desazón inmediata y urente al saber que algún enfermo abrirá sus ojos para sentir o pedir compasión. Se trata de una forma imanada de lástima.

Se trata de un reconocimiento tácito de que, en otro momento y acaso en el mismo lugar, alguien vendrá a visitarnos para ver el espectáculo de la vida en ruinas. Los hospitales, los cementerios y las cárceles (también los campos de guerra) son lugares donde el dolor despliega sus amplias alas y nos abraza para conferirnos la sensación desdichada de la consunción, del acabamiento, del fin sin más. Es destino común la muerte, y es voluntad común no querer aceptarla. Por eso la palabra resignación suele ser engañosa, embustera. Somos animales irresignados.

El mecanismo de defensa de la evasión y su forma inmediata llamada negación son insuficientes porque la muerte urde su asechanza y su invasión contumaz en el río de la sangre. Allí se gesta su más puro y acendrado afán. La muerte viaja en ese vehículo campante. Impera su empeño mayestático y orondo, y no se rinde ante nadie, porque sabe que la victoria final es suya y es, además, inexorable.

Así la muerte se transporta en el río de la sangre con sus navíos ufanos, poderosa e indócil, absoluta y rejega.

De modo que la vida es una singladura cuyo puerto seguro conocemos, desacatamos y desoímos. Cuando ingresamos a los hospitales la muerte quebranta nuestras previsiones y acelera nuestros latidos.

Cuando ingresamos a los hospitales el sol de la vida se eclipsa vertiginosamente. Cuando ingresamos a los hospitales se intensifica La perspectiva mortal, y sentimos el eco de la muerte retumbando en nuestros oídos, abriendo sus fauces hambrientas para interrumpir la cadena de latidos, para interrumpir el acezante ritmo de la respiración decadente. Cuando ingresamos a los hospitales nuestra certidumbre vital se resquebraja inmerecida, automáticamente. 


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