Sobre héroes y hazañas

Orestes Minnie Miñoso in memoriam

Confieso que se me encogió el corazón cuando me dijeron que había muerto a sus 92 años el eterno Orestes Minnie Miñoso. Al primer jugador de color de los patipálidos en la gran carpa lo recuerdo con imborrable y creciente gratitud en el Unión Laguna de la entrañable comarca donde destacó con el doble revestimiento de mánager-jugador en los primeros años de la década de los setenta.

El natural de Perico, Matanzas, Cuba, transitó durante cinco décadas en las grandes ligas: 17 temporadas: nueve juegos de estrellas, tres veces campeón robador de bases, ocho nominaciones a Jugador Más Valioso de la liga y una notabilísima ringla de méritos.

Todo lo hacía de manera excelente.

Era un todoterreno que desplegaba con espontaneidad un carisma y una fidelidad a su oficio admirables. Baste saber que acaso ha sido el único mortal en participar como beisbolista en ligas de calado importante durante siete décadas: desde su paso por las Ligas Negras hasta su postrera participación en los Santos de San Paul de la Northern League: fue el 16 de julio de 2003 y Miñoso había cumplido la friolera de los ochenta años: ¡un portento! Por eso duele saber que se quedó a sólo cuatro votos de alcanzar su sueño de sueños: ser electo para el Salón de la Fama de Cooperstown.

Con inapagable nostalgia escuchó sus palabras finales: “MI último sueño es estar en Cooperstown, con esos jugadores”. Sueño incumplido, anhelo no realizado en vida y, por ello, el inolvidable Minnie se fue con un rejón clavado en su espíritu.

“Yo llevo el beisbol en la sangre, quiero morir con el uniforme puesto”. Palabras de un hombre que amó como nadie o casi nadie al deporte donde ganó todo con versatilidad y maestría: fue receptor, tercera base y, sobre todo, jardinero izquierdo.

Su promedio de bateo en la gran carpa fue –en atención a su dilatado ejercicio- fabuloso: .298.Por eso se me encogió el corazón cuando supe que se había ido Saturnino Orestes Armas Miñoso Arrieta. El inmenso Minnie. El hombre que cerró los ojos al tiempo que veía con el alma el Salón de la Fama de Cooperstown: “Quiero estar allí. Es el sueño de mi vida”. 


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