Sobre héroes y hazañas

José Asunción Silva epistolar: Onomatopeya del llanto

Siempre he tenido una debilidad acentuada hacia la figura de José Asunción Silva, el poeta suicida de Bogotá. Es una debilidad que padece doble vertiente: hacia el poeta y hacia el sino trágico del escritor. Un escritor que, como el santo Job, fue perdiendo todo en la vida de manera gradual, paulatina, hasta tomar la malhadada decisión del suicidio. Ha de ser muy canijo perder al amor de la vida (su hermana), la fortuna y, además, saber que lo más medular de tu obra ha naufragado.

Todo esto padeció José Asunción Silva. Yo recuerdo que leí en algún libro de Raúl González Tuñón la anécdota del suicidio. Aquel día infausto en que Silva le pide a su médico que trace con puntualidad y sin perturbación el sitio preciso donde la jaula del corazón emite sus sonidos. Y luego el pistoletazo: “Una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas”. El Nocturno de acentuación perfecta.

Segméntese cada cuarteto de sílabas del poema y advertiremos que la tercera siempre está acentuada. Un milagro acústico. Aquí me detengo.Verónica, mi hija menor, me trajo de Bogotá el epistolario íntegro del poeta (Ediciones Casa Silva). Al menos hasta donde sabemos.

Tiene como delantal unas entrañables palabras de nadie menos que Gabriel García Márquez y, además, una nada comedida introducción de Fernando Vallejo: “Aunque el ser humano se acostumbra a todo, yo he preferido corregirle al menos esas ees, esas ces y esas íes no vaya a tirar el lector este libro a la basura creyendo que es cosa de Mandinga o de un ser marciano. Le he dejado en cambio sus errores de ortografía, su puntuación caprichosa, sus faltas de concordancia…”. Cáustico e irónico como siempre es Vallejo.

El epistolario es una deliciosa mostración del alma herida, atormentada hasta el tuétano, del enorme poeta que fue José Asunción Silva. Las cartas a doña Vicenta Gómez de Silva, madre del poeta, rezuman una ternura infinita. La llama, por ejemplo, “mi vieja encantadora”. Este libro no puede leerse con rímel.

El advenimiento del llanto es previsible. Gracias, querida Vero, por este hermosísimo regalo. Gracísimas, inmortal poeta, por tus palabras de transparencia y generosidad impares. Otro día comento el resto. Ahora sencillamente no puedo. Snif, snif, snif. 


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