Sobre héroes y hazañas

Jorge Calvimontes in memoriam

Conocí a Jorge Calvimontes en la presentación de uno de sus libros -La jodienda y sus misterios- hace cuatro o cinco años.
Me llamó la atención el desparpajo festivo de su personalidad, un aura enérgica que le permitía moverse con soltura en varios territorios del quehacer creativo: la crónica, el ensayo, la literatura testimonial, el aforismo y un amplio abanico paremiológico que comprendía refranes aprendidos en su natal Bolivia y en su patria asumida y suya para siempre: México.
   Jorge Calvimontes nació en la palindrómica ciudad de Oruro, famosa por su carnaval milenario e intercultural con diablada incluida. Oruro, como Neuquén, es uno de los escasos topónimos palindrómicos de América Latina. Digo esto porque, invitado a la UNAM para presentar su libro por el escritor vasco aclimatado en México Joseba Buj, Calvimontes escuchó con atención la lectura de mi reseña y agradeció mi fascinación ante el milagro de la ciudad palindrómica. Dije que el compromiso social era, como el carrusel del palíndromo, un camino de ida y vuelta donde el principio y el fin se abrazan para proseguir una andadura sin reposo ni tregua.
   Jorge Calvimontes ha muerto hace unos pocos días en Estados Unidos. Con él ocurrió lo que Vinicio de Moraes ha dicho no sin énfasis: “Los amigos no se hacen: se reconocen”. Me hubiera gustado convivir otros días con el poeta de Oruro. Compartir una vez más el pan y la sal. No fue posible. En este recién terminado 2013 (año esfèrico, por  cierto, esto es, año producto de la multiplicación de tres números primos) la vulnerada fortaleza de los robles (Christian Benítez, Michael Schumacher) ha puesto a temblar a nosotros, los frágiles y quebradizos juncos. Descanse en paz el maestro de Oruro, el maestro Jorge Calvimontes.


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