Sobre héroes y hazañas

Iván Vallejo: el hombre más alto del Mundo I

En la navidad de 1966 Iván Vallejo miró con amor y respeto la montaña. Desde Atambo, su ciudad natal, puede admirar el Tungurahua. El pequeño Iván se pregunta: “¿cómo es posible llegar a la cumbre del volcán a través de semejante pendiente?” Ecuador es el centro, la mitad del mundo. Las duras condiciones de vida le obligan a trabajar desde muy pequeño. El entorno se impone e Iván decide subir a la montaña. Y después arriesga el pellejo hacia la cima del Chimborazo, la montaña más grande de su país (el 23 de octubre de  1978): 6310 metros: la primera gran conquista. Iván Vallejo no sabía que, lustros después, sería uno de los pocos mortales, apenas más de una decena, que han escalado los catorce ochomiles del planeta. Se le llama ochomil a las montañas que rebasan ese número de metros de altura: el más alto es el Everest, pero no el más peligroso (8850 metros sobre el nivel del mar). Los expertos dicen que el más temido es el K2. Iván ha subido  todos y en ese empeño ha tenido que recurrir, en situaciones extremas, a la salvación vía helicóptero, como narra en su diario de aventuras: “Ahora la situación había cambiado de difícil a dramática. Simplemente nos quedábamos abandonados en un lugar del Himalaya a dos días del CB del Dhaulagiri. Aceptado el problema había que buscar la solución y esta era única: que ingrese un helicóptero y nos saque de este hueco”.  El Dhaulagiri es de los ocho picos de Nepal que sobrepasan los ocho mil metros de altitud, los otros ochomiles son el sisha pangma chino y los pakistaníes en la cordillera del karakorum: K2, broad peak, hidden peak, Gashembrum II y Nanga Parbat. Iván Vallejo suele firmar sus correos “desde la mitad del mundo”. Y es la mitad del mundo la que ha recorrido, a machamartillo y con el valor y la tenacidad de un auténtico portento, de un hombre más cauto que intrépido: el incombustible alpinista o montañero de Ecuador. Iván Vallejo se dedica a “conquistar lo inútil”. La resistencia, Iván, la resistencia. Resistir es la clave para quienes arriesgan la vida en las montañas: contra la nieve, contra los derrepentes climáticos. Allá, en la montaña, se aplica la sabiduría de Juan Rulfo: uno no se acostumbra a los de repentes: llueve, nieva y el temor acrece. Tu compañero de cordada es, acaso, el único hilo que te mantiene en pie sobre el eje de la vida. La montaña número catorce en esta empresa de escalar los ochomiles fue, precisamente, el Dhaulagiri: Vallejo intentó, sin fortuna, ascender a la cumbre en dos ocasiones. La tercera, exitosa al fin, ocurrió el primero de mayo de 2008. Con el kangchenjunga de Nepal sucedió lo mismo. “Por eso hay que estar curtidos”, comentó no sin orgullo. Vallejo le tenía profundo respeto al Dhaulagiri porque, en otras ascensiones, compañeros suyos habían sido sepultados por la nieve debido a inopinadas avalanchas.  


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