Sobre héroes y hazañas

Gustavo y Guillermo

In memoriam 


Ahora que han partido acaso para siempre el crítico de cine Gustavo García y el historiador y cronista de la Ciudad de México Guillermo Tovar y de Teresa es imperativo urdir la reflexión respecto de la ineluctable fugacidad (el carácter efímero) de nuestro breve paso por el mundo. Se trata, si me permiten el símil alpinista, de dos compañeros de cordada, esto es, de dos intelectuales de mi generación –años más, años menos-: ambos transitaban el espectro temporal que comprende la década de los cincuenta a los sesenta años. Ambos consagraron su vida a las arduas tareas del crítica creativa, cada quien en su trinchera, pero convencidos de que México merece una indagación múltiple y esmerada de sus pasadizos culturales y de sus pliegues y repliegues artísticos.La muerte casi consecutiva de Gustavo y Guillermo me hizo recordar aquellos versos de Neruda alojados en uno de sus libros póstumos (Jardín de invierno): “Al mismo tiempo, dos de mi carrera,/de mi cantera, dos de mis trábalos,/se murieron con horas de intervalo:/uno envuelto en Santiago, el otro en Tacna:/dos singulares, sólo parecidos/ahora, única vez, porque se han muerto” (In memoriam Manuel y Benjamín). Debo confesar que no trabé amistad con ninguno de los dos. Gustavo asistió alguna vez a mi programa “Entre paréntesis” en Ibero 90.9 Radio. De inmediato percibí una lucidez sin concesiones ni comedimientos. Un espíritu libre y desenfadado. Con Guillermo sucedió algo aún más extraño y, si me apuran, lamentable. Recuerdo que en mi visita a Jocuma, la ultra hospitalaria casa de mi amigo Alejandro González Acosta en Acapulco, el ensayista cubano-mexicano me dijo que él iba orquestar un encuentro con Guillermo (con quien Alesso von Tlalpan tenía una gran amistad): “Es una asignatura pendiente que Guillermo y tú se conozcan.Estoy seguro que será el inicio de una gran amistad: el historiador y el palindromista mexicanos deben conocerse. Yo me encargo”. Entonces recordé las sabias palabras de Vincius de Moraes, el autor de la Garota de Ipanema: “Los amigos no se hacen: se reconocen”. Dije a Alejandro que me encantaría conocer al historiador mexicano. Quedamos en que orquestaríamos una comida. Ponernos de acuerdo, vaya. Sin embargo, como dice el poeta: “Y pasó el tiempo, y pasó/un águila por el mar”. Y cada quien absorto en sus afanes desatendió la encomienda. Yilbéricus von Torreón de Babel, enemigo de Cronos, en su palestra iberoamericana y Alejandro en la tres veces  heroica mansión de estudios. Por eso hoy, al despertar, recordé los versos de Pablo Neruda en su “Jardín de invierno”: “Amé a mis dos opuestos compañeros/que, enmudeciendo, me han dejado mudo/sin saber qué decir ni qué pensar”. Que Gustavo y Guillermo iluminen, con sus lámparas inteligentes, la eternidad neblinosa. 



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