Sobre héroes y hazañas

Grano de sal y otros cristales II

En este largo recorrido idiomático y gastronómico despuntan o descuellan versos de imperecedera sabiduría:

“La cocina de México encuentra patria donde hay tortillas”. El autor contrasta los 200 chiles mexicanos con los 200 quesos de Francia y apoda, con puntería de arquero medieval, “líquido pasaporte” a la salsa. La reminiscencia de los quesos me tele-transportó al poema de Nervo sobre la vieja llave desdentada: “Los grandes quesos frescales/tentación del paladar”. Y el énfasis puesto en los diminutivos (cariñativos) imperantes en nuestra habla: mi cafecito, mis tortillitas, mis frijolitos. La alusión a “las flores de los postres” me hizo pensar en la añeja reflexión que un día escuché a Virgilio Caballero: “La comida es un largo camino hacia el postre”. Y luego la mención de las bebidas fuertes: el aguardiente, el tequila y el mezcal, también apodado “agua de fuego” en Oaxaca.

Observación aguda y sápida: “la telera o pan francés, base de la torta compuesta en México”. Y la infaltable conversación que, para Gracián, es “el mejor viático en el camino de la vida”. El cocol, avisa el diccionario de María Moliner, es un “panecillo en forma romboidal”. Y Adolfo afirma que la tortilla se desdobla con fortuna como plato y también que la principal enemiga de la tortilla es nada menos que la cubertería, es decir, los cubiertos.

La alusión a los dos filos de la lengua de Álvaro Cunqueiro me hizo recordar al sabio maestro gallego Antonio Domínguez Rey que cuando pensaba en Rosalía de Castro y en José Ángel Valente me decía “Gilberto, pon atención a las duas fontes encontradas”. 



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