Sobre héroes y hazañas

Genio y figura del loco Abreu I

Cuando Sebastián Abreu se perfiló para cobrar la pena máxima en el partido de cuartos de final ante Ghana (mundial de Sudáfrica 2010), los periodistas y locutores uruguayos enloquecieron. “No, no, no: que no cobre el penal el Loco. Lo tirará al estilo Panenka. Lo va a fallar”. El bipichichi  y dos veces bota de oro, el astro Diego Forlán se acercó a Abreu y le dijo bajito al oído: “no la vayas a picar, pégale fuerte”. El loco, al tiempo que recordaba aquellos goles sutiles y decisivos contra Brasil en una Copa América y uno más al estilo Panenka contra el Flamingo (gol que dio el título al Botafogo), acarició el balón con ambas manos, le dio un giro entero y luego lo colocó, seguro, decidido, sobrio, en el manchón de penal. Dio varios pasitos hacia atrás para preparar el disparo. El portero ghanés, hipnótico y atento hasta la extenuación, abrió al máximo sus ojos de lemur. Abreu trotó hacia el balón y con la pierna izquierda levantó el esférico metro y medio en trayectoria parabólica mientras el portero ghanés, totalmente engañado, se arrojaba en vano hacia el palo derecho en relación al ataque. La pelota besó con suavidad la red y Abreu corrió hacia sus compañeros loco de contento. La travesura había cuajado (y sin refrigerar) una vez más. El loco fue abrazado por sus compañeros con júbilo inusitado. Era la primera vez en cuarenta años que la celeste pasaba a semifinales. Era la enésima vez que Sebastián Abreu contagiaba a la gente con sus geniales locuras. La primera locura se remonta a la niñez de Washington Sebastián Abreu Gallo. Tenía cinco años y sustrajo la pistola de su padre para llevársela a la abuela. La pistola estaba cargada. El niño no lo sabía y gritaba orgulloso que tenía un arma de fuego entre sus manos. La abuela, preocupada al filo del infarto, le pidió el arma al niño. Al final, por ventura, no sucedió nada grave. El Loco creció y quiso ser basquetbolista. Su estatura le ayudaba: 1.93 mts. En esa época fraguó otra ocurrencia lindante con la vesania. Ocupaba su tiempo entre el periodismo y el baloncesto. Le pidieron en el periódico donde colaboraba que, por favor, reseñara el partido donde él habría de participar. El Loco tuvo la genial puntada de auto entrevistarse. Aún conserva aquel diario. Luego vendría un lamentable debut en el futbol profesional: el Loco metió mano y provocó el penal que le daría la victoria el equipo contrario. Apesadumbrado por la pifia se fue a llorar a la esquina del vestidor. Allí recibió palabras de aliento: el camino es largo y sinuoso, como dijeron los chicos de Liverpool. Después vendrían los goles y, sobre todo, el reconocimiento de la afición como un implacable cabeceador. El mismo Loco comenta que cuando ingresa al área enemiga suele decir “Ya llegó el Tsunami del área”, y provoca la risa de compañeros y rivales.  


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