Sobre héroes y hazañas

Fernando Martínez Sánchez: Los libros: el amado paraíso

A lo largo del camino de la vida me ha tocado compartir el pan y la sal con grandes amigos y, asimismo, con grandes amantes de la literatura. Debo confesar que quizá nadie como Fernando Martínez Sánchez me alentó hacia el amor a los libros. Y lo hizo en varias direcciones: poseía una biblioteca envidiable y, además, un selecto gusto por lo más granado de la literatura. Gracias al gran amigo don Fernando conocí El inglés de los huesos de Benito Lynch y, sobre todo, la poesía de arcanos y anónimos autores de los siglos áureos que no gozaron del favor palaciego. Fernando tenía el humor agudo, la broma fácil y la percepción de que la vida era un festín interminable, aderezado por los placeres suaves y discretos y, también, por un amor libresco acaso sólo borrado por el personaje central de Auto de fe de Elías Canetti.
Fernando Martínez Sánchez podía descubrir la fecha de publicación de cualquier libro con sólo olfatearlo. No exagero: varias veces demostró las argucias de su alta magia ante mis ojos. Y aquí recuerdo una anécdota: cuando el escritor Sergio Fernández dijo, frente a una librería capitaneada por Martínez Sánchez y sus familiares: “Ah, caray, aquí se vende todo tipo de papeles”. Y se refería a los rollos de papel higiénico y a los libros el amigo Fer, el autor de Los pájaros del atardecer dijo: “Gracias y desgracias del destino del papel, mi querido Sergio”. Fernando fue un gran poeta, un notable ensayista y un orquestador o antólogo riguroso. Recuerdo que, hace pocos meses, lo visité cuando ya la vida estaba en otra parte, cuando él mismo ya sabía que el taxímetro existencial estaba a tope. Propuse organizar un homenaje a su ingente labor como animador cultural, como escritor y como amante de la galaxia Gutenberg. Don Fernando, con su paso cansino y su mirada ausente me dijo: “Oye, querido Gil, conviene que el homenaje sea en vida o póstumo”. Se me encogió el corazón con esas palabras certeras y terribles. Fernando sabía que era difícil armar algo en vida, por eso añadió: “Si el homenaje es póstumo ahí te lo encargo”. Ahora que el bibliófilo principal de México ha partido me apunto para ser el gozne del homenaje.
El magisterio de Martínez Sánchez es, lo digo yo sin exageraciones, incalculable: “Después de algún adiós,/siempre queda algo;/una silueta que modela el aire,/el eco de los pájaros,/un reloj que de pronto se detiene,/el residuo de sol que prendería/si en un golpe de suerte/volarán las cenizas y renaciera el fuego”. Hoy que sé que Fernando ya no estará con su humor agudo y con su inteligencia y su memoria entre nosotros me duele decir con agobio y con dolor ingentes: Que Dios te cuide siempre, caro amigo. Un  libro abierto es el amado paraíso. Gil.


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