Sobre héroes y hazañas

Fascinación del origen: Nuevo viaje en para-subidas

En la poesía hispanoamericana del siglo pasado el tema del origen posee ramificaciones múltiples. El origen del poema cenital de José Gorostiza es, a un tiempo, el final de la andadura de los seres hacia la nada: “Cuando todo, por fin, lo que anda o repta/y todo lo que vuela o nada, todo,/se encoge en un crujir de mariposas,/regresa a sus orígenes/y al origen fatal de sus orígenes”. Esto significa que ese origen es ulterior al alumbramiento del mundo, descrito con estos versos: “Mirad con qué pueril austeridad graciosa/distribuye los mundos en el caos”. Hay un Dios que hace, que crea, y un Dios que vuelve todo hacia la nada: un ser aniquilador. Distinto es el origen que reclama el poema “Lo fatal” de Rubén Darío: “y no saber adónde vamos,/ ni de dónde venimos!”.
El pasado y el futuro son un par de irresolubles interrogantes. Y tengo para mí que, sin duda, si supiésemos el origen sabríamos también el fin: en el pasado radica la clave para elucidar el futuro: ¡vaya novedad! Menos metafísico o trascendente se muestra el autor de Serenidad: “Yo vengo de un brumoso país lejano,/regido por un viejo monarca triste…./Mi numen sólo busca lo que es arcano,/ mi numen sólo adora lo que no existe” (Amado Nervo). Aquí el origen está cifrado en la latitud específica, en las coordenadas del nacimiento o, si me apuran, en la circunstancia conjetural de una procedencia idealizada. Me detendré en algunas zonas de Altazor, poema donde el lenguaje lleva a cabo una suerte de errancia hacia la semilla del habla/canto y donde el personaje propone reanudar el juego de las palabras, el sport de los vocablos: “Y puesto que debemos vivir y no nos suicidamos/Mientras vivamos juguemos/El simple sport de los vocablos/De la pura palabra y nada más/Sin imagen limpia de joyas/(Las palabras tienen demasiada carga)/Un ritual de vocablos sin sombra/Juego de ángel allá en el infinito/Palabra por palabra”.
 Nos estremece el nacimiento del protagonista lírico del poema mayor de Vicente Huidobro: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo: Nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor”. Sobre todo si pensamos que se trata del texto cimero de quien procuró conferirle nuevas alas al idioma, en ese accidentado y fruitivo viaje en paracaídas/para-subidas, por medio de la estética creacionista. Recordemos que, tras la petición de silencio, el poeta hace brotar un árbol vivo en el seno de su creación afiebrada. Árbol de finitud eterna, árbol que tiene una vida “eterfinifrete”: compendio palindrómico de la eternidad, el éter y la vida limita (finita) de los ambiciosos mortales. El único palíndromo que aloja el maravilloso viaje de Huidobro llamado Altazor.



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