Sobre héroes y hazañas

Estación Varsovia: el arte del desencanto

En Estación Varsovia (Sediento/Ediciones Narrativas en español, 2013) la prosa que Luis Bugarini despliega se pone al servicio de la historia, una historia entrañable y dolorosa a un tiempo que ocurre en la capital de Polonia: los días que el protagonista narrador tuvo que permanecer en su tránsito hacia otras ciudades europeas. El narrador logra un tono envolvente e incisivo para mostrar la desazón que experimenta tras un fracaso amoroso reciente: las llamadas de M se suceden incluso en la franja crepuscular del libro, un libro animado por fotografías del propio Bugarini que urden un contrapunto de belleza inasequible para la voz lírica en los recónditos pasajes, pliegues y pasadizos, de Varsovia: el eterno femenino en su versión huidiza donde es posible ver y palpar mujeres de “belleza abrumadora” pero esquiva. Las mujeres que habitan el relato son tan hermosas como pasajeras. El texto de Bugarini nos hace pensar en aquellos versos de Rainer Maria Rilke que iluminan la primera elegía: “las primaveras te necesitaban, pero dime: ¿supiste tu entenderlo?”.
La historia transcurre con un sedimento de desesperación conformado por la abulia, el fugaz lenitivo del alcohol, la presencia muerta y rediviva de la madre y la persistencia del quebranto amoroso: “La llamada de M, fue una sorpresa ácida y molesta. Detesto que me llame y más aún a deshoras, pues su voz siempre tiene ese acento enigmático que me deja inacabado” (26 y 27 pp.).
Recorre el relato una acerada sensación de desencanto. Nada ni nadie podrá rescatar a quien deambula por las calles de Varsovia  herido por un filo de nostalgia. Incluso los polacos festivos y sonrientes son presencias que acentúan  esa creciente lasitud existencial: “El crepúsculo se presentó como una metáfora de mi vida”. En un libro despojado de referencias literarias y de guiños culteranos el autor menciona, como presencia relampagueante y fulmínea, a Adam Mickiewicz, el poeta autor de los sonetos de Crimea cuyo tono empata con el de Estación Varsovia: “Me he lanzado a la bruma de océanos sin agua,/por sus hierbas mi carro navega como en mar;/y hendiendo floraciones, mecido en su oleaje,/evito las cardenchas de islotes de coral” (“Las estepas de Akerman”): “Fui a la librería a buscar un ejemplar bilingüe de Adam Mickiewicz. Sus versos me recordarían a H, pensé” (p. 67). Los límites precisos la estancia en Varsovia  han sido marcados, como dije, por el espectro temporal que cursa en esa enigmática ciudad el protagonista: “Era la última mañana que pasaba en suelo polaco. Mientras esperaba al elevador, la melancolía me abrumó”(70-73, con interpuesta fotografía Helada.
Estación Varsovia es un libro tan perturbador como entrañable.



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