Sobre héroes y hazañas

Don quijote y la máquina encantadora ( Universidad Veracruzana/Universidad Iberoamericana )

A Adolfo Castañón le gusta el símil de los recorridos verbales como periplos terrestres y viceversa. De aquí se desprende el título de sus afamados paseos.
Se trata de la recuperación efusiva del arco tradicional peripatético: las ideas llegan cuando el hombre camina, escribió Nietzsche, y los paseos incluyen una América con o sin (taxis). En Don Quijote y la máquina encantadora ( Universidad Veracruzana/Universidad Iberoamericana ) sobresale la figura de un editor y empresario de ideas como llama Adolfo al  español Eulalio Ferrer. Y Eulalio obedece de manera cabal a los étimos de su nombre: Eulalio es el hombre del buen decir. Ferrer intercambia una cajetilla de cigarros y así obtiene el ejemplar del Don Quijote en la edición de Calleja.
Ese ejemplar será lámpara y mapa a un tiempo: lámpara del espíritu y mapa del saber raigal. Así, en ese campo de concentración, vive Eulalio Ferrer para leer y releer Don Quijote. El tercer tramo del trayecto (porque el segundo es la inclusión de la Letanía de Nuestro Señor Don Quijote de Rubén Darío (“con el paso augusto de tu heroicidad”) es el conmovedor avispero de ausencias que culmina con Castañón en la suplencia del erudito Ernesto De la Peña para disertar sobre, ¡faltaba más!, Don Quijote.
Antes de avanzar hacia otros pasadizos, vericuetos, recovecos, pliegues y repliegues del camino largo y sinuoso hacia la lectura múltiple e insomne de Don Quijote por parte de Nabokov, Tomás Navarro Tomás, González Martínez, Fernando del Paso, Antonio Alatorre, Azorín, Sergio Pitol, Carlos Fuentes o  Margit Frenk, quiero compartir una anécdota que me atañe. “Se vuelve al yo como a una casa vieja”, escribió Neruda.
En el delantal del libro como solía apodar Quevedo a los prólogos Castañón menciona la labor esmerada e incombustible de Ana Sara, hija de Eulalio Ferrer. Para agradecer el libro donde el hombre del buen decir y del buen pensar reflexiona sobre las bondades históricas y míticas del número tres envié, a vuelta de correo y por caminos más expeditos, una nota breve al munificente Ferrer. La nota incluía un palíndromo dedicado a su hija Ana Sara.
A la letra podía leerse: “A sor, Ana Sara dará sana rosa”. Unos pocos días después recibí una nota donde Eulalio celebraba la gracia del palíndromo o anacíclico, como solían motejar a estos endriagos verbales los viandantes de los siglos áureos.  El palíndromo, como su nombre avisa, es un camino que regresa, un sendero para ser transitado en dos sentidos. La literatura es una maravillosa carrera de relevos. La frase no es mía, pero yo recomiendo la experiencia bi-legible del libro de Castañón así como Azorín, el esteta de Monóvar, recomendaba volver a emprender la ruta de Don Quijote. Releer el libro de Adolfo es una aventura tan sabia como placentera.



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