Sobre héroes y hazañas

Borges lee a Emerson, Emerson lee a Montaigne, yo leo a Borges

Es cierto: la lectura es una fascinante carrera de relevos. En el soneto que Borges dedica a Emerson, cuyo verso inaugural es “Ese alto caballero americano”, el poeta y filósofo norteamericano lee a Montaigne: “Abre el volumen de Montaigne y sale/en busca de otro goce que no vale/menos la tarde que ya oculta el llano”. Es verdad que Emerson leyó a Montaigne. En su abordaje “Libros” ubica los Ensayos del francés como “ciertas autobiografías” que se cuentan “entre los grandes libros”, junto a Las confesiones de San Agustín, la Vida de Benvenuto Cellini o los Diarios de Linneo. Enseguida Emerson alude a la biblioteca como una “especie de harén”, y dice que los lectores devotos temen mostrar sus libros a los extraños. Es verdad. Borges imaginaba al paraíso “bajo la especie de una biblioteca”. Y uno defiende esas joyas que habitan los anaqueles más selectos por el temor a que alguien nos quiera descabalar nuestro selecto grupo de libros favoritos. Hay otra perspectiva en este parangón sugerido por Emerson: las mujeres, como los libros, se tratan con dos sentidos centrales: la vista y el tacto. Un libro se ve, se observa y se acaricia. Las páginas son recorridas con ternura y tersura, con devoción y cariño. El libro nos provoca, en su apertura, el placer estético. La mujer nos produce, en su apertura, el placer sexual. El harén es una biblioteca de mujeres. La biblioteca es un harén de libros. Simetría en cruz o retruécano. Es seguro que Borges leyó el ensayo de Emerson sobre los libros. Hay un verso delator en el soneto en honor del “alto caballero americano”: “He leído los libros esenciales”. Esos libros son comentados en el ensayo ya aludido. Y el “alto caballero americano” es una transposición nítida de Borges. Los últimos versos cuadran mejor al argentino que al norteamericano: “Por todo el continente anda mi nombre/No he vivido. Quisiera ser otro hombre”. Emerson vivió con intensidad sus múltiples pérdidas, sus dolorosos desasimientos: la muerte de su mujer y la muerte de su hijo (de aquí surge su hermoso y monumental poema “Threnody”:”The Routh-wind brings/Life, sunshine, and desire”). Vivir es sufrir o gozar con pareja intensidad, lejos de la ataraxia estoica y del ademán catatónico. Borges reconoce, en el soneto “Remordimiento”, no haber sido feliz: “Mis padres me engendraron/para el juego arriesgado y hermoso de la vida,/para la tierra, el agua, el aire, el fuego,/los defraudé. No fui feliz”. Y remata: “No me abandona, siempre está a mi lado/la sombra de haber sido un desdichado”. ¿Borges vivió (sufrió) tanto como Emerson? Me parece que no. La proyección en el soneto es evidente. Uno podría decir, en esta carrera de relevos que es la literatura, que abrimos “el volumen de Borges y salimos/hacia la tarde que ya oculta el llano”.  


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