Sobre héroes y hazañas

Borges y Galeano: un abrazo

En el umbral de una carta fechada el 20 de octubre de 1999, esto es, hace casi 16 años, Eduardo Galeano me dice: “Gilberto querido: Muchas gracias por tu fino trabajo sobre Borges. Aunque no es santo de mi devoción, lo leí de cabo a rabo con placer”.

Le había enviado yo mi El año de Borges a Eduardo.

Y me sorprendió la reacción aunque, a la vuelta de los años, encuentro una coincidencia en ambos pensadores, a pesar de los signos ideológicos antitéticos.

¿Cuál es esa confluencia?

Se trata de un puente tendido gracias a dos textos.

El de Galeano dice: “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Es una frase gemela de lo que explica Borges en el poema “Los justos” incluido en uno de sus libros crepusculares, en La cifra: “Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire./El que agradece que en la tierra haya música./El que descubre con placer una etimología./Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez./El ceramista que premedita un color y una forma./El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada./Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto./El que acaricia a un animal dormido./El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho./El que agradece que en la tierra haya Stevenson./El que prefiere que los otros tengan razón./Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

Borges traza en su enumeración acciones pequeñas de gente pequeña en lugares pequeños, como afirmó Galeano. Si bien es cierto que en un conjetural listado del uruguayo aparecería, por ejemplo, “el que participa en una marcha que no tiene respuesta”.

En la carta de aquel octubre Galeano me dice: “en estos días ando muy metido en el alboroto de las elecciones”, por ejemplo. De cualquier modo hay un puente salvífico y transformador en ambos poemas.

Por ello quise enviar mi libro sobre Borges a Galeano: era solo una pequeña cosa que no iba a cambiar el mundo y que no me descubriría lo que Galeano pensaba sobre el argentino, porque yo ya sabía que el autor de El Aleph no era santo de su devoción.

Ahora Borges y Galeano se abrazan. 


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