Sobre héroes y hazañas

Biografía de lo sublime II

Destaquemos, en este breve itinerario hacia la conjetural estación de lo sublime, dos pasajes poéticos. Uno de Francisco de Quevedo y Villegas donde el lector  habrá de sentirse aterrorizado (y a la vez atraído por la fuerza poética) al identificarse con un hablante lírico que se desdobla en una segunda persona que a todos nos indica:

Tú, pues, ¡oh caminante!,
que me escuchas,
si pretendes salir con la victoria
del monstruo con quien luchas,
harás que se adelante tu memoria
a recibir la muerte
que obscura y muda viene a
deshacerte.
No hagas de otro caso,
pues se huye la vida paso a paso
y, en mentidos placeres,
muriendo naces y viviendo
mueres.
Cánsate ya, ¡oh mortal!, de
fatigarte
en adquirir riquezas y tesoro;
que últimamente el tiempo
ha de heredarte,
y al fin te dejarán la plata y oro.
Vive para ti solo, si pudieres;
Pues solo para ti, si mueres,
mueres.
    (de “El escarmiento”)
Oscura, grandiosa e imponente (sublime) es la presencia inexorable de la muerte en este poema.
Observemos ahora la cara de lo sublime desceñido del vínculo con lo absoluto (“After one has abandoned a belief in God, poetry is that essence which takes its place as life’s redemption”) y trascendente. Se trata de un segmento del poema “El hombre de la guitarra azul” de Wallace Stevens. Aquí lo sublime aparece “sin sombras, sin magnificencia”, evocado como proyección de su presencia en el mundo:

Un sustituto de todos los dioses:
Este mismo, no ese mismo
oro arriba,
Sólo la aumentada sombra
de alguien,
Señor del cuerpo, que mira
hacia abajo,
Como ahora, más altamente
recordada,
La sombra de Chocorua
En un cielo más grande, arriba,
Sólo el señor de la tierra, el
señor
De los hombres que viven en
la tierra, alto señor.
De uno mismo y las montañas
de nuestra tierra,
Sin sombras, sin magnificencia,
La carne, el hueso, el barro,
la piedra.
(Versión de Andrés Sánchez
Robayna)

La gradación descendente, cifrada en el último verso, da cuenta de lo sublime como circunstancia percibida al lamentar lo efímero de nuestro tránsito.
Sin referentes metafísicos lo sublime, en la otra orilla de Kant, no es lo “absolutamente grande”, sino aquello que se aprecia como tal a pesar de su aparente insignificancia, transitoriedad o lejanía.


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